domingo, 6 de octubre de 2024

Mañana será otro día. Capitulo 38: Megalópolis.

 

Megalópolis

El siglo XXI no le sentó bien a Francis Ford Coppola. En la parte final de “Corazones en tinieblas” (1991), documental que narraba el increíble, eterno, paranoico y durísimo rodaje de Apocalipsis Now, Coppola reflexionaba sobre lo que es el cine y hacia dónde se dirige. Nos decía que las grandes producciones ya no eran interesantes. El cine debía centrarse, apoyándose en las nuevas tecnologías, en lo minimalista, el que se puede hacer con un móvil, con los mínimos medios; el que puede hacer cualquiera con casi nada. Bajo esta nueva filosofía, Coppola, en las últimas dos décadas, estrenó obras que apenas los muy cinéfilos han visto, con resultados de mediocres a muy malos: El hombre sin edad, Tetro y su última película hasta esta Megalópolis, Twix. A cada cual, peor. Al visualizar Twixt (2011), no me podía creerme que ese esperpento la hubiese realizado el autor de El Padrino. Francis es un director de grandes producciones, pensamos todos.

Acudo al cine a la llamada de Francis Ford Coppola para asistir a su despedida del cine. Nos trae una película de 120 millones de dólares de presupuesto, nada menos. También grandes actores y actrices en el reparto. Además, Megalópolis es un proyecto que le ha costado 4 décadas sacar adelante. Quizás, pensé, de nuevo con una gran producción, podríamos ver brillar, de nuevo, a este otrora genio que revolucionó, junto a otros, el mundo del cine en los años 70. ¿Regresará al buen camino? Quiero creer en él. Debo decirle adiós como se merece. Al fin y al cabo, este hombre me ha (nos ha) otorgado momentos maravillosos que, por suerte, vuelvo a revivir cada cierto tiempo. ¿Acaso hay alguien que no ha hecho suya a la familia Corleone? Nos levantamos, también, con gusto, de vez en cuando, con olor a napalm por las mañanas. Y Rebeldes, La conversación, La ley de la calle, Drácula… Francis tiene tres de sus películas entre las mejores de la historia del cine (las dos primeras partes de El Padrino y Apocalipsis Now). Muchas gracias.

Eso sí, siempre hubo algo sospechoso en Megalópolis. Durante los meses anteriores al estreno se movía, en la prensa, la información de la cantidad de viñedos que vendió Francis para llevarla a cabo. Ante esta noticia, los espectadores que amamos sus obras maestras, parecíamos casi obligados a ver su nueva película. Parecía que había que verla por compasión. Decía la prensa que lo había vendido todo para sacar adelante su epopéyico proyecto (Kevin Costner hizo un poco lo mismo con Horizon). Por ahí no me vas a coger, Coppola. Además, todos sabemos que nunca es todo lo que arriesgan. Y después vino el Festival de Cannes…

En Megalópolis se nos cuenta la decadencia de nuestra sociedad, comparándola con la caída de la antigua República Romana. Los protagonistas se llaman César, Cicerón, Julia, Drasso… Frente a nosotros lucha entre el progreso, que identificamos con César (Adam Driver), un prestigioso e idealista arquitecto decidido a crear una nueva ciudad, una utopía, con un material de construcción casi mágico que ha descubierto y el mundo más conservador, que está representado en Cicerón (Giancarlo Esposito), alcalde de Nueva Roma. 

Todo es extraño desde el primer minuto de la película. Voz en off lapidaria, paneles gravados con mensajes proféticos…Parece una obra de teatro, ópera más bien, pero de las justitas, de las malas. Los actores hablan como si estuviesen interpretando una obra clásica, podría ser Romeo y Julieta, pero sin tener muy claro lo que están haciendo. Adam Driver es, quizás, el único que se cree (por momentos) algo de lo que hace. Las caras de Laurence Fishburne son un poema; pobre, no sabía dónde se metía. Entre medias, unos decorados y efectos visuales que hacen sangrar nuestros ojos. La fotografía, horrorosa. La narración es inconexa y todo está creado con una enorme cantidad de ingenuidad y de pretenciosidad, aderezadas con bastantes escenas de carácter sexual y un humor que no sé cómo describirlo, pero de gracia nada. Todo es tan pomposo como cutre. Llegamos al final y estamos como al principio, preguntándonos, de nuevo, si es posible que haya sido Coppola el autor de algo como esto. Yo como ya había visto Twixt, me lo creo.

Megalópolis es la utopía que nos hubiese contado una niña de unos 8 años cargada con un disco duro con citas de Marco Aurelio y un básico de Historia Romana. Coppola, como esa niña, posee buenas intenciones, pero, pregunto: ¿una obra se mantiene solamente con buenas intenciones? Todos sabemos que no. Francis Ford Coppola ha querido dejar un legado a la humanidad, ser como Charles Chaplin en El gran dictador, regalarnos un gran mensaje que permanezca en el tiempo… pero ni ha sabido crear una historia coherente, ni hilarla lo más mínimo, ni ha sabido llegar, como hizo Charlot en aquella obra maestra, con dignidad a su discurso final. Admito que en la escena final de Megalópolis se me escapó alguna carcajada. Por favor…

Tristemente, Megalópolis es una película horrible, un sinsentido con muy poco gusto y que, incluso, da la sensación de estar poco trabajada, a pesar de ser un proyecto al que se le ha dado vueltas desde hace 40 años. Poco se puede salvar en ella. Una pena.

Tranquilo, Coppola, tu legado siempre quedará ahí. Ese que nos brindaste, durante un buen puñado de años, en el ya lejano siglo XX.

jueves, 3 de octubre de 2024

Mañana será otro día. Capítulo 37: No hables con extraños.

 

No hables con extraños

“Hija mía, puedes pensar lo que quieras, pero hay cosas que no se pueden decir”. Esta frase se la dice Louise Dalton (Mackenzie Davis) a su hija al poco de comenzar la película. Las dos se encuentran junto a su marido Ben (Scoot McNairy), pasando un fin de semana (que se hará eterno), al sur de Inglaterra, en casa de una familia que conocieron de vacaciones por Italia; al fin y al cabo, unos extraños. Aun así, decidieron aceptar la invitación. ¿Qué podría fallar?

Ben, el padre de familia, se quedó fascinado por la personalidad de Paddy (enorme, en todos los sentidos, James McAvoy). Aun teniendo personalidades claramente opuestas, Ben se ve engatusado, hasta el límite por una personalidad tan apabullante como la del personaje de James McAvoy . Ben es sobrio, algo tímido, culto, un hombre con “problemas de ricos” que, de repente, se siente abrumado por la personalidad tosca, directa, sin complejos de Paddy. También le impresiona el “feeling” que tiene con su pareja Clara (Aisling Franciosi). 17 años juntos y se están comiendo a besos continuamente. Esta peculiar pareja que los cobija tiene un hijo con una discapacidad (no tiene lengua), que de alguna manera también les toca la fibra. Desde el primer momento, en la enorme casa de campo, se verán avocados al desastre que supone la pareja anfitriona. Todo se les antoja extraño en ella: sus peculiares rutinas, sus costumbres…Serán, entonces, conscientes, plenamente, de que no tienen ni idea de quienes son las personas que les alojan.

La película que hoy os traigo, No hables con extraños, de James Watkins, es un remake de la película danesa Speak no evil (2022), pero el filme no copia, no calca descaradamente el filme original, sino que el director, con acierto, intenta hacer su propia versión de la historia y centrarse en los asuntos que le parecieron más relevantes de esta. No hables con extraños explota, con acierto, el papel de las convenciones sociales en la vida actual. ¿Cuántas veces nos hemos callado una opinión por no molestar, por no crear conflicto? En cuántas hemos aceptado comportamientos que nos parecen fuera de lugar, bajo nuestros valores, por un supuesto respeto al libre albedrio del que tenemos enfrente. ¿En cuántas ocasiones nos hemos quedado callados ante comentarios racistas, machistas, clasistas…? La tensión que se va generando minuto a minuto, según avanza el metraje, llega a ser asfixiante. Cada una de las secuencias en las que se ven inmersas las parejas, la tirantez entre ellos, la incomodidad que se nos presenta, siempre lleva a plantearnos cómo actuaríamos nosotros ante tal situación. En la película original, la danesa, muchas de ellas ya estaban, pero en esta ocasión se apuesta en explotarlas hasta el límite en los dos primeros tercios del metraje. Quienes hayan “disfrutado” de la película original, verán en esta el mismo hilo conductor, escenas que ya hemos visto, pero con visiones diferentes. Otro de los grandes cambios respecto a la notable (pero durísima) película danesa, es que Speak no evil tiene una visión profundamente pesimista, perturbadora, terrorífica y dolorosa en conjunto; de las que solamente son aptas para los espectadores con mucho estómago y también mucho callo. No hables con extraños se centra más en el suspense y en una tensión que nos ahoga por momentos. Posee un tono (también el de la fotografía y banda sonora de la película) más cálido y más digerible para el personal que la película madre. Además, en la propuesta, Watkins, decide en su último tercio modificar absolutamente el desenlace, convertir la película en algo diferente, hasta el punto de generar nuevas opciones en la visión de los personajes. Destacar en esta última parte el desarrollo de Louise, la mujer de Ben y madre de la pobre pequeña que se huele el mal en aquella casa. En su “despertar”, no tiene ninguna duda a la hora de ponerse a defender, sí o sí, a su familia que, aunque no tiene nada de perfecta, es la suya.

No hables con extraños me ha parecido una película siempre interesante y con momentos de tensión psicológica muy estresantes. El filme avanza con ritmo de la mano de todos sus personajes, incluido ese pobre niño sin lengua que, de alguna manera, nos va desvelando toda la intrahistoria de la familia anfitriona. Su desenlace nos acerca, en muchos aspectos, a una de las películas más molestas de la historia del cine: Perros de paja de Sam Peckinpah. Todos los elementos mostrados, según se van sumando, nos llevan hacia ella.

De alguna manera, la película logra que nos veamos representados en la pareja acomodada y su hija. Ellos, como nosotros, nos podríamos dejar arrastrar en una situación similar. En un momento dado, toda la construcción social que llevan dentro, se rompe y solo cabe actuar guiados por lo que les dictan sus instintos más primarios. Curiosamente en Speak no evil, la pareja que sufre a tan terribles anfitriones, también se rinde a instintos primitivos; en su caso a la sumisión y rendición absoluta a sus dominadores

Nunca hables con extraños es una demostración de que se puede plantear un remake siendo original en la propuesta, conservar aun así la esencia de la película madre, respetarla y dejarnos a los espectadores dos películas igual de buenas, cada una de ellas en su formato. La que hoy tenemos en nuestras salas está realizada para un público más amplia, pero no es peor por ello. Los dos filmes, curiosamente, son lo mismo y, a su vez, radicalmente diferentes. Por cierto, James McAvoy es un increíble actor y esta vez, como tantas otras, lo borda.

lunes, 23 de septiembre de 2024

Mañana será otro día. Capítulo 36: Bitelchús Bitelchús

 

Bitelchús Bitelchús

La verdad, poca gente esperaba, a estas alturas, el regreso del mejor Tim Burton.  Esta segunda parte de Bitelchús, más bien, asustaba un poco. Todos, para nuestra sorpresa y para felicidad, nos equivocamos. Tim Burton ha vuelto a ser él, después de 20 años perdido en el mundo digital y en la falta de ideas.

Muchos de nosotros crecimos junto a la obra de Tim Burton. Él nos regaló un imaginario único y nos hizo más llevadero el paso de los 80 a los 90. Hagamos un poco de memoria antes de centrarnos en la película que hoy os traigo. Con Bitelchús (1988) lo conocimos todos, presentándonos una oscura historia de fantasmas impregnada con muchísimo humor y algunas escenas antológicas. En ella estaba Michael Keaton dando vida al personaje más gamberro que haya interpretado una estrella de Hollywood. También en ella conocimos a una jovencísima Winona Ryder. Un año después, Keaton y Burton repiten juntos y nos presentan Batman (1989), magnífica visión del hombre murciélago y sobresaliente recreación de ese gótico Gotham que solo habíamos disfrutado en los comics (y en la cutrilla serie de los años 60 protagonizada por Adam West tantas veces repuesto en la TVG). Después de este taquillazo, Tim Burton, para mí, nos ofrece su obra más completa, la más identificativa de su universo y una de las obras más románticas del séptimo arte: Eduardo Manostijeras. Los 90 fueron muy buenos (Ed Wood, Mars Attacks…) pero a inicios de los 2000, exceptuando la notable La novia cadáver y la magistral Big Fish (hemos visto muy pocos homenajes en el cine como el que aquí Tim Burton brinda a su padre recientemente fallecido), percibimos en el autor agotamiento, la ausencia de esa visión tan peculiar con la que nos había engatusado. A su vez, lo vimos perderse en el mundo digital. Todos los decorados físicos expresionistas de los cuales habían hecho gala sus películas son transformados en horrorosos mundos digitales que según pasa el tiempo, peor se ven. Anótense las dos partes de Alicia en el país de las maravillas (la segunda parte la produjo) para tal afirmación. Parecía el director perfecto para abordar la obra de Lewis Carroll y finalmente ha quedado un díptico mediocre y muy fácil de olvidar. Mejor no nombrar las siguientes películas de Burton; no vale la pena.

Y ahora, en nuestras pantallas, Bitelchús, Bitelchús, segunda parte del filme que lo catapultó a la fama hace 36 años. La tendencia en el Hollywood actual es hacer un reboot o un remake encubierto. Contar la misma historia con un barniz de la nueva época, meter a viejos personajes que pasan por ahí a saludar y todos a hacer caja con la maldita nostalgia…Tim Burton no ha hecho eso. Gracias. Con esta nueva historia del afamado demonio, interpretado de nuevo por Michael Keaton, ha construido una auténtica segunda parte, real, un avance en la historia que ya conocíamos y bebiendo de la misma esencia gamberra de la original Bitelchús. Se ha apoyado en lo que mejor funcionaba de aquella, ha sido fiel a sí mismo, y recupera, por fin, la mano mágica que tanto lo caracterizó. De primeras, ya un acierto contar con Danny Elfman para su banda sonora. Sin él su filmografía no sería lo mismo. Cuenta con el reparto casi al completo del primer film, a excepción de la pareja de jóvenes fantasmas formada por Alec Baldwin y Geena Davis.  Entiendo que el turbio asunto en el que está metido el mayor de los Baldwin, después del homicidio involuntario de la directora de fotografía de una de sus películas, Halyna Hutchins, ha tenido algo que ver en la decisión. Algo parecido ocurre con Jeffrey Jones, el padre de Winona Ryder en la primera película. A día de hoy es un actor cancelado, después de ser condenado por poseer contenido pedófilo en su casa y otras oscuras cuestiones. Tim Burton sabe convertir los problemas en virtudes y para suplir al actor, que no al personaje, hace magia y logra un efecto realmente divertido, además de hacer desencadenar la historia, pues toda la familia vuelve a la casa victoriana donde se aloja el demonio Bitelchús, para celebrar el funeral del padre de familia.

Bitelchús Bitelchús es una notable película de humor fantástico (la primera tampoco era sobresaliente); menos oscura que la original, pero de tono incluso más divertida. Un gran punto a favor de la película es el carisma del grupo de intérpretes que acompañan a Tim Burton. Se percibe que todos se lo han pasado pipa. Michael Keaton está realmente juguetón con su personaje y logra hacer que nos olvidemos del paso del tiempo. Nos sigue haciendo reír y mucho. Y reírse, ya lo sabemos todos, es un maravilloso bien a valorar en nuestras vidas. También brilla en la película Catherine O´Hara (de nuevo como madre de Winona) y aparece en escena para esta secuela el gran Willem Dafoe. Qué grande, qué divertido en su papel de detective. La única(pequeña)pega es que no todas las tramas abiertas funcionan al mismo nivel y, cuando nos alejamos de la casa encantada, en ocasiones baja un tanto el nivel del conjunto. Aun así, para contrarrestar estos detalles, Burton nos deslumbra en el metraje con escenas en blanco y negro portentosas, stop motion sorprendente y divertido y, de nuevo, números musicales que guardaremos en el recuerdo.

Tim Burton lo ha logrado. Nos ha hecho regresar a la atmósfera de la película original, sin pretender copiarse y así, hacer las delicias del personal. Una grata sorpresa, ojalá que Tim Burton continúe en este camino y nos regale nuevas películas como esta.