viernes, 30 de noviembre de 2018

Mañana no es un nuevo día.


Mañana no es un nuevo día
Blanco.
Amarillo.
Blanco.
Amarillo.

Dos horas, quizás tres. Si no se alcanzan cinco horas de sueño, el cansancio se convierte en la constante a lo largo del día y los pensamientos van a un ritmo diferente. No imagino pasar cinco horas de descanso real, absoluto. Por lo menos, no recuerdo haberlo hecho. La única opción que contemplo para descansar un tiempo razonable, pasa por aumentar la medicación de la noche y caer, anestesiado, en un oscuro agujero de inconsciencia. 

Eso no es dormir, es el coma profundo. Ahora mismo, no valoro esa posibilidad. Volver de ahí resulta difícil; apetece quedarse.

No debería fumar tanto.

Ignoro cuánto llevo en esta posición, despierto, preguntándome para qué modificarla. Sí, fueron dos horas las que he dormido.

¿Amarillo o blanco? No sabría qué decir. ¿Hay algún color intermedio entre ambos?
Escucho a mi madre moverse por la cocina. Tengo cuarenta y un años. Vivo y viviré con ella. Eso creo, al menos. Mantenemos una relación basada en los reproches. Puedo afirmar, sin equivocarme, que carece del mínimo interés. 

Le jodí la vida. Me doy hasta vergüenza. Los dos tenemos vergüenza de mi persona. Si no fuese por ella, tendría una muerte prematura por desatención. 

Hace tiempo le comenté que quería un perro. Me dijo que no. 

-          A las dos semanas, se te muere, Dani. Comen y cagan como todos. Yo no voy a cuidar de nadie más. Contigo ya me llega.

Le dije que era una puta, pero llevaba razón. 

Quizás algún día, llegue a tener un perro.

Pienso en la medicación de la mañana. Debería tomarla. Ayuda a arrancar. Hubo épocas que estaba casi centrado.

Las voces han vuelto a aparecer o, mejor dicho, se muestran últimamente más presentes. A veces, confunden. En ocasiones, no llego a distinguir cuales son voces y cuál mi yo original. Esto lo complica todo.

Ayer el “speed” no me sentó bien. Me hincho a drogas legales y las combino con “anfetas” de lo peor. La coca resulta muy cara y la pensión la controla mi madre. La heroína ayuda a calmar mis ansias.

Puta. 

Me levanto. Me duele la espalda. Me cruzo con mi madre en el pasillo. Me dice algo. 

Ni caso. 

Sabe que voy a salir. Tiene claro lo que voy a hacer. Hace años que perdió las fuerzas, la fe y la esperanza de encontrar conmigo un camino diferente a este, por el que malvivimos. No puede hacer nada. Sé también que cuando salga de casa, emitirá un suspiro de alivio. Este se antepondrá al miedo por lo que haga, o lo que me pase.

…………………………….

Bajo al portal. Llueve. Poco, pero llueve. No me importa. El estado de ánimo no puede depender de nubes y gotas de agua. Mi estado de ánimo es mío y es una mierda, con o sin nubes.

Localizo a mis compañeros de ruta. Dos. Están locos. Paso el día con ellos. Sólo uno habla. Son mucho mayores. Más canas y más miseria acumulada. De jóvenes, cruzaron la línea que no permite volver atrás. La cabeza tiene un límite, un punto de no retorno. Ellos lo traspasaron muy pronto.
Comenzamos nuestro peregrinaje, calle arriba, calle abajo. Bueno, no una calle, todas. Somos las personas que más quilómetros recorremos diariamente en nuestra ciudad. 

Hace dos años, cuando comencé este rumbo junto a ellos, no me resultaba fácil.  Su ritmo requiere una preparación muy exigente. Ahora, gasto suela al mismo nivel que ellos. Unos profesionales. La ruta no es la del colesterol. Las paradas son para mendigar dinero. Café, máquinas tragaperras, drogas…

Entre búsquedas, el tiempo pasa más rápido.

Debo reconocerlo: vuelvo a estar enganchado.

En medio de una de las vías principales de la ciudad, nos encontramos a diario a una pareja de indigentes. Como siempre, nos paramos a saludar. 

Alberto entra en la sala de apuestas que se encuentra frente al “negocio” de la pareja. Sale sonriente, con una extraña mueca trabajada a lo largo de los años. Esa expresión resulta de todo menos empática. Tensa. La unimos a su mirada y completamos al nuevo ser, casi no humano, una extraña mutación de genética y psicodelia. Trae unas monedas, entiendo que de cobre. Orgulloso las posa sobre un pequeño recipiente destinado a recibir el sobrante del sobrante del sobrante de los que llevan una vida, cuando menos, decente. Alberto lo hace por otro motivo: Siempre hay clases.

El día no da para mucho, pero siempre aparecen clientes fijos. Viejas que, en su auto obligada rutina diaria, rondan la ciudad como nosotros y no sé si por miedo, o por compasión, financian nuestro quehacer con microcréditos, sin derecho a vuelta ni comisión. Resultamos  pesados, no peligrosos.
Me quedo mirando a mis compañeros de “trabajo”. No entiendo lo que veo. ¿Cómo serán sus voces interiores? ¿Me verán ellos de la misma forma?  Pienso esto y reiniciamos la marcha.

De joven, mis favoritas, eran las películas de zombis.

La recaudación alcanza para una “alegría”. Nos persigue una obsesión; (se nos podría considerar especialistas en ellas) cumplir nuestro objetivo diario. De la droga, siento la necesidad, bastante más que sus efectos. Ella potencia mis voces y, si acaso, recupero una velocidad en mi cabeza que me recuerda, brevemente, lo que un día fui.

Como buenos funcionarios hemos completado satisfactoriamente nuestra jornada de mañana. Realizamos los quilómetros y visitas suficientes y, ahora, sentados en un banco del parque, finalizamos el proceso. Junto a nosotros, niños y niñas con sus padres. Acaban de salir del centro escolar. Nos da igual. No mostramos reparos ante estas cosas.

Dormimos bajo techo. No somos indigentes.

………………………………..

Mi madre ha preparado una tortilla para mí. Como lo que puede mi desgana. Permanezco en silencio. Hasta hace unos años, aun estando catalogado como discapacitado mental, disponía de empleo… y cumplía. Con mi moto, llevaba la comida a personas, a las que en general, les iba mejor que a mí.
Mamá no me habla. Espero que no me eche de casa. La calle es un lugar terriblemente diferente…lo sé. No da opción.

Blanco…amarillo…
Creo que amarillo.

Descanso anodino. Tomo la medicación del mediodía, aún con las pulsaciones aceleradas. Creo que mañana voy a dejar de tomarla. Cierro la puerta sin decir adiós. Ella tampoco emite sonido alguno. Solo se escucha la televisión. Un serial de sobremesa que, como todos ellos, no merece comentario. Su silencio duele. Prefiero el insulto a ser ignorado. Soy un ser humano. No soy un monstruo.

Puta.

Sigue lloviendo.

En el portal me cruzo con mi vecina del primero. No llega a los treinta años. Es realmente guapa. Baja la cabeza tan pronto me ve. Me saluda con voz ahogada. Me tiene miedo, pero se equivoca en su emoción. Debería sentir pena. 

Si ese pánico hacia mi presencia tiene que ver con el hecho de ser mujer, también se equivoca. Las drogas, la medicación y mi eterna depresión han hecho de mí un ser asexuado, con todo lo que esto conlleva. No poseo un ápice de instinto violento en mi interior, cuando menos hacia el resto de personas que habitan este extraño mundo. Recuerdo haber escuchado, en su momento, a un hombre muy mayor, un artista pienso que era, afirmar que él no había sido libre hasta acercarse a los ochenta años. Decía que, a esa edad, se había liberado de las fuerzas que ejercían sobre él las mujeres. Su instinto sexual había desaparecido. Era libre. 

Imbécil. 

Yo no tengo polla y sí miles de cadenas.

Soy esclavo de tantas cosas…Principalmente de mí mismo.

En el instituto, estudiamos un filósofo que indicaba que sin ¿“bajo vientre”, dijo?, los hombres serían dioses. Otro gilipollas.

 Soy una especie de perro. Domesticado por las drogas, entrando en histeria ante mi “comida”. Viviendo por y para ella. En espera y búsqueda de ese momento, sumido en un ambiguo sueño…en una extraña niebla donde nada tiene sentido.

………………………….

Suena la sirena. Comienza la jornada de tarde. Cambio de rutina. Me dirijo a mi antigua “casa”. Aquellos soportales donde pasé gran parte de mi juventud. El viejo barrio, donde ocurrían tantas y tan pocas cosas. Altos edificios residenciales incrustados en el casco histórico, como si nadie hubiese recriminado, en el momento de la construcción, semejante locura. El hormigón es la constante de aquel insípido espacio. Gris como las personas que allí siguen quemando sus días.

Están los de siempre. Casi todos. 

Quienes lograron escapar de aquella fatídica rutina han olvidado su pasado. Los que permanecen continúan igual que veinte años atrás. Igual no, más viejos. Sus conversaciones se quedaron estancadas en los años noventa. Al avanzar, se percibe un extraño bucle temporal que merecería ser estudiado. Alguno tiene hijos. Pobres niños.

Pablo era uno de ellos, de nosotros. Estuvo metido hasta el fondo y logró salir. Cuando le comunicaron su “positivo”, asumió literalmente su diagnóstico y cambió su vida de forma radical. Dejó totalmente las drogas. Se dedicó, en cuerpo y alma, a ayudar a personas que estaban en su antigua situación. Verlo en la prensa, o trabajando, y yo, solo podía admirarlo. Nunca modificó su trato cuando nos encontrábamos, ni tan siquiera cuando era un referente, no solo para nosotros, sino para la ciudad entera. Además de buena persona, nos regalaba esperanza. 

Cuando lo miraba, siempre aparecía en mí la misma idea: existen las segundas oportunidades.
Pero se traicionó a sí mismo. Pondría la mano por él y la perdería.

Me falló, como yo lo hago a mí mismo.

Regresó al abismo. Cuando la vida le destrozó, se reencontró con quien nunca le había abandonado, la heroína. ¡Qué nombre tan equivocado! No siendo ni su propia sombra, se murió; él y algo de nosotros.

Me introduzco en los soportales. Allí están, estáticos, figuras de cera apoyadas en la pared. Mis antiguos amigos saben a lo que vengo. Quiero que me fíen. Debo algo de dinero, pero considero mi petición todavía asumible. 

Se me niega. Insisto. Se me niega y se me desprecia. 

Metido hasta el fondo, llegué a poner el culo para conseguir dinero. No quiero volver a esa época. Es asqueroso, pero duele menos de lo que parece. 

Me caen unas hostias por cargante. No era para tanto. Siento crujir una costilla. Imagino que está rota. De mi boca brota un abundante chorro de sangre. Espero no perder más dientes. El orgullo…ni lo aprecio. 

Fueron mis amigos.

…………………………………

Vagabundeo por las calles.

Anochece.

Me cruzo con personas que ni miro. A ellos ni se les ocurre hacerlo. Se acerca alguien que, por su actitud, parece conocerme.

-          Hola Dani. ¿Qué te ha ocurrido? ¿Te encuentras bien?

Sí, nos conocemos.

-          Hola Javier. Ya ves que las cosas no me van muy allá- respondí con total confianza, mientras procuraba una pose que mostrara un mínimo de dignidad.

-          La última vez que te vi estabas muy contento. No fue hace tantos años.

-          Sí, era una buena etapa. Yo tengo una pensión; pero me sentía mejor trabajando. La empresa no iba bien y fui el primer despido.

-          ¿Y ahora, hombre? ¿No buscas nada?

-          Resulta complicado. ¿Me puedes dejar dos euros para un café? 

Se activó el piloto automático.

-          Yo creo que puedes volver a trabajar, Dani, y recuperar aquellas rutinas que te gustaban. ¿Sabes?, aún tengo muy presentes los recuerdos del instituto.

Dios mío…el instituto…

-           Eras el más divertido. Tenías salidas para todo. Nos reíamos mucho contigo.

¿Era yo así? Ni lo recuerdo…

-          A lo mejor no me crees, pero me gustaría aportar algo a la sociedad. Contribuir…ayudar en lo que pueda… No me importa el dinero- contesté con sinceridad.

-          Pues ánimo Dani, para intentar algo, primero hay que querer hacerlo y eso lo tienes claro.

Nos despedimos. Me presta cinco euros. Se le ve bien. Me alegro. En el instituto fuimos compañeros de mesa durante un curso. Nos divertíamos metiéndonos con los profesores. Recuerdo aquellos momentos; pero, no sé por qué, no logro visualizarme en ellos. Veo a otra persona como protagonista. 

¿Era yo? ¿Seguro…?

 ¿Quién era aquel Dani y qué fue de él?

Al que sí que recuerdo es al repartidos de pizzas. Quizás Javier tenga razón y pueda volver a ser aquel chaval, con problemas, pero vivo. Ese que tenía un horario para levantarse, que acababa el día cansado de trabajar y al que no le rompían la cara, ni el culo, por ninguna droga.

Con esta imagen en mi mente, siento algo. No me refiero al dolor de los golpes.  Una emoción lucha por emerger desde lo más profundo de mí mismo. 

No la identifico.

La apatía ante esta vida que llevo o me lleva, aplacó cualquier atisbo de sentimiento.  

Siento algo…Siento algo… Débil, pero es algo. 

-          ¿Qué es esto? ¿Qué me quiero decir?

Tengo un corazón “daltónico”. Habla y no le entiendo. 

Centro de nuevo la imagen. Mi trabajo. Mis horarios. Mis responsabilidades. Relaciones dignas de una persona…

-          Añoranza. Añoranza. Añoranza…- me repito.

De mí mismo.

Me echo de menos.

……………………………………….

Marcho decidido hacia mi casa. Ansioso por llegar. Necesito cambiar este presente y futuro que me persigue. Debo encerrarme. Lo necesario. Hacer un búnker de mi habitación. Lo sé. Es la única opción. Comprobar las medicaciones de las que dispongo. Seleccionar aquellas que me ayuden a pasar lo peor. Unas duras semanas y volver a empezar. Puedo hacerlo. No será la primera vez.
Abro la puerta. Surgen de la sala voces procedentes de la televisión. Frente a ella intuyo a mi madre, sentada en el viejo butacón, inmóvil. Devora la droga que silencia sus dolores.  No hay gesto ni saludo. Apuro el paso hacia la habitación. No quiero que vea mi cara y mi camiseta ensangrentadas.

Lo consigo. Me encuentro, como siempre, solo. 

Me tumbo sobre la cama, boca arriba. Me vuelvo a preguntar si es blanco o amarillo. Puedo afirmar con total seguridad que ya ha llegado al amarillo.

No debería fumar tanto.

Me incorporo. Miro fijamente la alfombra. Busco en ella cualquier señal que me ayude a fijar la idea del cambio.

Tengo que descansar. Tomo la medicación. Mañana va a ser una pesadilla. Me encerraré como animal en el zoológico. No quiero público. La metamorfosis venidera será demasiado dura. Nadie debe ser testigo. No es justo. Será el infierno en la tierra. 

Voy a salir de todo esto.

Me incorporo a apagar la luz. Al hacerlo, detecto una hoja doblada sobre la mesilla de noche, claramente mal arrancada de una libreta. Recortada sin cuidado, con velocidad, sin tener en cuenta el maltrecho resultado de la acción.

Estiro la hoja.

Una letra nerviosa se aventura en ella. Parece un poema. La leo estremecido.

“Dani, ya no eres mi hijo.
Mi hijo se ha muerto.
Es más que doloroso. Así lo he decidido.
Mañana comienzo este nuevo duelo.
Te quise y te querré siempre.
Márchate de esta casa.
Perdóname.
Por favor.
Tu madre.”

Apago la luz.

Me tumbo en la cama.

Negro, no hay duda, es negro.

De repente, en mi cabeza, una pregunta. Nada más. Una sola idea que entra y sale repetidamente. 


¿Quién seré mañana?

viernes, 16 de noviembre de 2018

Valor para mirar la salida


Valor para mirar la salida

No lo tenía nada claro. Había tomado casi por inercia aquella decisión, en un momento vital donde las cosas las hacía casi por hacer, sin mirar el mañana como un futuro y solamente constituyendo una posibilidad. Podría venir o no, lo importante era seguir caminando. ¡Con las veces que había leído y escuchado que no se deben de tomar decisiones cuando alguien no se encuentra donde debe, o directamente sin saber dónde se encuentra!

Joder, me iban a abrir los ojos en canal. 

Tres imágenes me rondaban continuamente la cabeza: la primera era Álex, de “La naranja mecánica”, con los ojos abiertos a más no poder y tragando y tragando información con el intento de que cambiara sus conductas, cual perro de Paulov o como cualquier embrión tratado en “Un mundo feliz” de Huxley. Aquel delirio surrealista, en el que andaba inmersa mi cabeza, me llevaba a Simone Mareuil y aquella terrible escena, ideada por Buñuel y Dalí en “Un perro andaluz”, donde una cuchilla de afeitar rajaba de lado a lado su expresivo ojo. La tercera, la del sufrido torero, José Padilla, desmontándose con el paso del tiempo, como si un personaje de la familia “Potato” se tratara.

Todo el mundo me repetía lo mismo. “¡Si es igual a la operación que le hicieron a mi abuela, la de cataratas…!” Yo no tenía ochenta años y los ojos a operar eran los míos. De todas formas, había algo que, de alguna manera, me reconfortaba: primero, me operarían un ojo, me insertarían una lente, para mí, casi asesina, y la semana siguiente el otro. Si algo fallaba había decidido convertirme en un fornido pirata, sin loro ni pata de palo; aunque sí tuerto. Y si ocurría…en el último caso, veríamos lo del loro.

En las semanas previas, al personal encargado de las pruebas preoperatorias apenas les prestaba un mínimo de atención. Los ojos, mis ojos, representaban el centro de todo y me costaba centrar mi atención en cualquier otro asunto, por importante que fuese. Según se aproximaba la fecha, más me preguntaba el porqué de haberme metido en tremendo lío y, encima, pagándolo caro. Un “ojo de la cara” era el precio, nunca mejor dicho.

El 28 de diciembre llegó y yo no me reía. Con miedo y sin consuelo me dirigí como res al matadero.
Sala de operaciones. Tumbado como niño que espera las buenas noches de su madre. Aparece lenta y con paso indiferente la cirujana.

- Tranquilo, la hemos realizado más de mil veces. 

Esas palabras no me decían absolutamente nada.

Noté la incisión en el ojo. Totalmente despierto, se me ordenó que me quedara totalmente inmóvil, mirando al frente. En cuanto a ver, ya no percibía nada. Comencé a comprender las sensaciones visuales (o quizás la ausencia de ellas) de una persona ciega. El sudor era constante a lo largo y ancho de mi cuerpo. El miedo se acentuó. La lente se introducía lentamente en la pequeña cavidad que la doctora me había realizado. Todo a mi alrededor, todo, se había vuelto oscuro. No lograba perdonarme el meterme voluntariamente en un asunto tan desagradable, al cual no daba encontrado salida.

De repente, tomaron mi mano. Me sentí, al instante, más tranquilo. Se trataba de la enfermera. La apretaba con firmeza. Se puso frente a mí, a no más de treinta centímetros. Una mascarilla cubría su rostro y, yo apenas podía percibir sus ojos. Azules, llenos de matices, felinos, de los que te miran y, a la par que te sostienen, de alguna manera, asustan. Extraños como ellos solos, marcados con pequeños islotes cercanos al negro. Ya no pudiendo estar más cerca, me dijo con voz segura, dura y reconfortante a la par: “La operación va perfecta”.

Le creí.

Me relajé y me dejé hacer como si ninguno de los hechos que sucedían en aquella indiferente sala de operaciones, fuese conmigo, o tuviese yo algo que hacer para variar el resultado final. Como subir a un avión… ¿Para qué sufrir…?

Las horas y días posteriores a tal episodio resultaron…desconcertantes. Los ojos constituyen un órgano tan valioso y frágil que, ante cualquier cambio en ellos, y había muchos en esos momentos, surgía en mí un nuevo miedo, al cual nunca había recurrido y que, por momentos, tanta compañía me hacía: la ceguera.

Cada dos días, acudía de nuevo a la consulta, para revisar el proceso de recuperación y, a su vez, prepararme para la operación del segundo ojo. Días donde lucir sin rubor mis gafas de una sola lente. La mayor parte de las personas con las que interactuaba no percibían esta curiosa circunstancia. ¡Qué poco observadores somos!

Las revisiones resultaban solemnes ceremonias, lentas y mecánicas, donde invertía casi la totalidad de mis tardes. Había algo que las salvaba. Aquella mirada, de repente, tenían un rostro…y su dueña, para mí, adquiría nombre.

Raquel.

Mujer de unos cuarenta años. Cómo definirla… ¿lejana? también fuerte y sin duda, a la par, empática. Parecía portar un imponente muro, a modo de frontera de seguridad, forjado a lo largo de los años
Me llama mucho la atención que, con el paso del tiempo, haya personas que, al conocerlas, provoquen en mí una profunda indiferencia, lo que hace que ya, de primeras, no desee profundizar en ellas. No siento en absoluto desprecio, sino…simple apatía. Esta impresión inicial, en mi caso, no tiende a cambiar con el paso del tiempo.

Algunas veces me sucede justo lo contrario. Aquellos ojos me miraron en su momento con una seguridad tranquilizadora que, sin duda, colocaban a Raquel en el mundo de las personas que vale la pena conocer. 

Cuando llegó el momento de las pruebas post-operatorias, siempre resultaban fáciles con Raquel. Humor sincero y conversaciones con fondo, sin preguntar por la vida del otro, ni ofrecer nuestra propia vida. Un interesante plano donde moverse en aquellos momentos totalmente circunstanciales.
      
Raquel operaba, altruistamente, cataratas en Senegal, en un proyecto donde ella y otra compañera invertían sus vacaciones y esfuerzo. Cuando conocí esta labor que desempeñaba la clínica, me alegré, pues en el año 2011 había pasado una temporada en este país y uno de los lugares de mi estancia, La Langue da Barbarie, era justo el lugar donde ellas realizaban las citadas operaciones.

Me fascinaban aquellos ojos de gata. 

Decían tanto cuando se desprendía de aquellas casi eternas gafas de sol. 

Tengo tendencia a establecer un prejuicio, para mí importante, en el momento de conocer a alguien. Siempre a partir de sus ojos y su mirada. Evidentemente lo segundo ofrece el fondo; lo primero, la forma. Ambos igual de importantes y necesarios, tanto en la vida, como en los ojos de aquella mujer.
Pequeñas historias, retazos, personas que se cruzan en nuestro camino y, sin saber bien el porqué, se convierten en un “algo más” que sazona nuestra vida.

………….

Al mes de la operación, me encontraba ya casi recuperado. Las visitas a la clínica se iban espaciando cada vez más y, a mediados de febrero, tras una revisión, me marcaron la siguiente cita, durante las vacaciones de Semana Santa. 

Y se me pasó… 

Tras mes y medio sin hacer las ya casi rutinarias visitas, se me pasó… O quizás, mejor dicho, empleé aquellos limitados días festivos en asuntos que, en ese momento, consideré más importantes.
Pasó el tiempo y llegó el verano y ahí, instalado cómodamente en el periodo vacacional, con tiempo de sentir, pensar y disfrutar porque sí, recordé que poseía unos ojos “biónicos” a los cuales todavía no se les había dado el alta.

 Llamé a la clínica y me dieron cita para mediados de septiembre.

Seis meses sin volver a pensar en mi visión, seis meses sin pasar por la clínica y, a los seis meses, recuperar, de repente, esos momentos que, en su mayor parte, resultaron sumamente estresantes.
De camino a la clínica, me acordé de Raquel. Tampoco había pensado en sus ojos. Me di cuenta de que, aquella intensa experiencia, ella la había hecho llevadera y había sido capaz de mitigar gran parte de mis angustias y miedos.

-          Tengo ganas de verla.

Y sí, al entrar, la vi…pero no en persona, sino en un gran collage fotográfico junto a la entrada. Las fotografías pertenecían al proyecto que llevaban a cabo en Senegal. 

Sonreí.                                 

Ya en el interior de la clínica, seis trabajadores. Cinco eran los de siempre. Faltaba Raquel. Estaba, en lo que parecía su sustitución, una joven mujer atendiendo a los pacientes. 

En la sala de espera, dos señoras. Aguardaban ansiosamente, al igual que yo, el ser atendidos. Con un tono reservado, comenzaron a hablar de la trabajadora que nadie veía. 

-Estará de vacaciones-aventuraba una.
-Yo vine en mayo y ya no la vi.

 “La echaron”, pensé casi en alto.

A la hora de realizar las pruebas con el óptico, dudaba si preguntar o no acerca de Raquel. Resultaba una cuestión un tanto incómoda, fuese quien fuese el responsable de su presunto despido y, al fin al cabo, se la tenía que formular a un compañero.

Finalmente me decidí a preguntar…

Su expresión, súbitamente, cambió.

Pálido, pronunció su nombre:

 - Raquel…claro, no sabes nada.
- ¿Qué ha ocurrido?
- Se murió, Miguel.

Mi brazo derecho cogió impulso para dar un instintivo golpe contra la mesa, mientras mis labios murmuraban: “No, no.…” A tiempo, pude golpear mi otro brazo, en lugar de aquella mesa llena de aparatos.

-          Un carcinoma… Se marchó en quince días. Todo ocurrió a la vuelta de su último viaje a Senegal. Llegó bastante enferma, la verdad.

Apenas conocía al doctor; sin embargo, indagué sobre aquellos momentos tan íntimos de Raquel, los más íntimos…sin duda. ¿Cómo lo había vivido? ¿Cómo había afrontado su salida?

El doctor tecleaba. Mientras, yo observaba cómo sobre la pantalla del ordenador avanzaba mi nombre y retrocedía, avanzaba y retrocedía con un extraño ritmo mecánico. Mi nombre, momentáneamente, no conseguía apellidos. Mi ficha no quería aparecer por arte de magia y él, luchaba por mantener su profesionalidad, mientras su rostro se encogía y, a la par, adquiría un tono grisáceo que solamente aparece ante impactos emocionales de gran calado.

Continuaba tecleando mientras me explicaba:
- ¿Cómo fue todo…? Fue increíble…Fuerte es la palabra, la más fuerte.
 “Ella era increíble”, pensé.
 - Vivió su salida con total normalidad. Nos reunió a todos los compañeros. Sabíamos que estaba enferma, pero no la gravedad de su situación.
- Pudimos brindar todos por ella y con ella, no por su salud.
- ¿Estuvo acompañada en el proceso? - le pregunté. Era lo único que me importaba en ese momento.
- Con quien quiso y como quiso. A su madre se lo contó solo al final. No quería que sufriera. Prefiero volver a las pruebas, lo siento, me emociono. 

“En qué mundo vivimos, pensé, donde nos disculpamos por sentir”.

-          Dime tus apellidos, por favor-casi suplicó.

Volví, estupefacto, al margen de realidad que ese momento me permitió. Mencioné mis apellidos mientras pensaba en marcharme y volver en otro momento. Aguantamos los dos la situación y realizamos las pruebas correspondientes.

Vi al resto de sus compañeras. No se lo mencioné. No quería ahondar en el dolor de nadie, ni en mi nueva herida. 

Al salir, no sé si por última vez de aquella clínica, no quise, no pude, mirar aquellos ojos en las fotografías de la entrada.
……………………..

A esa operación, una sencilla corrección de mi miopía, realizada voluntariamente, sin necesidad, le otorgué el poder de generar en mí temores que ni yo mismo conocía.

Las agujas del reloj seguirán su cíclico camino y, en este, poco a poco, aparecerán nuevos miedos. Me acompañarán, propondrán nuevas barreras que traspasar. Quizás no pueda con ellas, quizás sí. Aparecerá en mí la idea de que están ahí por algo. Que cada una de las batallas que me presenten, me aportará un punto de sabiduría, conocimiento y experiencia a lo que soy… ¡Qué ingenuo!

Llegaré a viejo, o no, dando vueltas y vueltas a un material, casi siempre, intrascendente, a problemas inventados para, al superarlos, sentirme dichoso, en limitados momentos a lo largo de esta finita (por mucho que nos esforcemos en obviar este hecho) vida.

Raquel no está ni estará.
Raquel ha muerto.
Raquel no tiene miedo.