miércoles, 15 de mayo de 2019

Lodo



Cerré la puerta.
Para siempre.
No le dije nada aquella noche. Se fue sintiendo que había sido especial sin intuir que aquella función era su despedida.
Esa noche no lo follé. Le hice el amor hasta que no pudo más.
Pensó que yo era toda suya. Se equivocaba.
Cerré la puerta con la única intención de revivir. Como fuese, pero quería volver a encontrarme, a intentar ser de nuevo yo, o lo que pudiese rescatar de aquella pocilga interior en que me encontraba.
Cerré la puerta, me senté en el suelo y lloré, lloré, lloré… hasta que decidí que ya era el momento de comenzar mi nueva vida.
Lodo

1.      Mezcla de tierra y agua.
2.      Deshonra o descrédito.
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Abrió los ojos y no quería. Siete minutos tardó en reaccionar a la obligación que sonaba en forma de despertador. Ana retiró aquella maza de su cabeza y comenzó a ordenar su nuevo día.
Apenas había dormido. Demasiado tiempo ya con esa fatídica y obligada rutina.
La logística, complicada, como siempre. Su jornada laboral pasó, brevemente, por su cabeza. La maldijo. Mañanas, tardes y sábado por la mañana.
Encadenada.
Como zombi recién salido de su tumba, guiada por un instinto primigenio, puso en marcha el primer café de la mañana. Escuchó las noticias con desidia. Nada nuevo, nada bueno.
Estaba cansada.
La ducha, como siempre, hirviendo.
Mientras el agua resbalaba por su cuerpo, se miró los pechos y el culo. Les dio el aprobado.
Comenzaba la segunda fase.
Sigilosaabrió la puerta de la habitación más pequeña de la casa. Mientras dejaba pasar algo de luz por la persiana, comenzó a susurrar. Todos los días hacía lo mismo. Era algo más que una rutina, quizás una tradición, desde que la pequeña había dejado de dormir con ella en su cuarto. Ana recordó la primera noche de separación. Mucho más dura para ella, que para su hija. Cuánto lloró, aunque fuese por dentro.
-          Lara, Lara…hay que levantarse…- dijo con el tono único que aplicamos a niños y perros.
Durante un instante, donde uno desaparece de esta realidad y el tiempo que transcurre es imposible de calcular, la observó mientras despertaba.
Lara abría los ojos despacio. Sin prisa. Miraba a su madre como si el mundo acabara de formarse.
- Buenos días, mamá.
- Todo tiene sentido- pensó Ana, olvidando por un segundo todos los quehaceres y obligaciones que le acompañarían durante el día que comenzaba.
La niña se incorporó y, tras pasar por el baño, se dirigió hambrienta directa a la cocina. Afrontó decidida su particular guerra diaria con el zumo y la victoria segura con los cereales. Tras el primer sorbo, como todas las mañanas, solicitó a su madre la tablet. Con ella daba comienzo el momento más importante del día.
-          Quiero ver a papá.
Ana encendió el dichoso aparato electrónico y reprodujo el vídeo inmerso en su interior.

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Marco
Buenos días, Lara.
Voy a contarte un secreto. A lo mejor no me crees, pero es cierto: hace mucho, mucho tiempo, yo también fui niño.
Era yo, sí, tu papá, pero en pequeñito. Este extraño fenómeno de transformación, dentro de no tanto tiempo, también te ocurrirá a ti. Llegarás a mujer, siempre tú y, a la vez, por increíble que parezca, aparecerán nuevas versiones de ti. Las deberás conocer y también aceptar. Hay que intentar llevarse bien con uno mismo. ¡Y no es tan fácil! Es raro, pero es así.
Lara, hoy quiero contarte algo y no tengo claro cómo hacerlo.  Esto de educar a una niña, lo de ser padres, poco tiene de sencillo. No llegaste con libro de instrucciones.
-          Sería genial que todo trajese instrucciones, papá.
A veces lo haremos mejor, a veces peor, pero quiero decirte algo: puedes contar siempre con nosotros.
Siempre.
Creo que,a través de un cuento, me vas a entender mejor.
El padre permaneció unos segundos en silencio. La niña aprovechó para echar más cereales en el cuenco repleto de leche.
 El protagonista de esta historia soy yo. Todas las personas, por sencillas que sean sus existencias, llevamos un pequeño libro dentro de nosotros.
Creo que tenía tu edad… nueve diez años. Pasaba todos los veranos en la casa de mis abuelos. Me encantaba. Eran toda una aventura. Dejaba atrás la monótona ciudad y amanecía en aquel pueblo donde todo eran posibilidades. Era fantástico.
Un día me preguntaste qué era la libertad. Mira que le di vueltas al tema…Creo que por fin te puedo dar una buena respuesta. Levantarse aquellos días de verano en el pueblo; sentir que eran tan largos que parecían un nunca acabar; ir con tu bisabuelo a pescar…y sí, Lara, es cierto que los peces se mueren, pero te juro que aprendí a valorar la vida capturando aquellas anguilas, cangrejos y demás bicherío.
Amanecía y todo era nuevo: aprender, vivir, querer...No había jaulas de hormigón…Mis abuelos, los campos, mis vecinos, el lago, mis amigos, las vacas y otros animales. Creo que aquello era la libertad.
Decía Nina Simone, la cantante, la que escucha mamá, que libertad era vivir sin miedo. Siempre me gustaron sus palabras; pero casi diría que la libertad consiste en afrontar, pelearse con los miedos. Unos u otros, de alguna marea, nos rondan eternamente. No podemos escapar de ellos. Y yo tenía tantos de esos incómodos acompañantes…A la oscuridad, a las alturas, al mar (las olas me daban pánico), a las arañas…Lara, no te rías, ya sabes que esas tejedoras son el terror. A la muerte no, o por lo menos no era tan relevante como otros… pero el más terrible de todos, era el miedo a quedarme dormido.
La pequeña echo una enorme carcajada. Ana, su madre, la miró estupefacta, saliendo así de su mecánica limpieza de la vajilla y unos pensamientos que permanecían ajenos a este planeta.
- ¿Qué te ocurre, mujer? ¿De qué te ríes? - preguntó sonriente.
- Cosas de papá…
La niña fijó de nuevo toda su atención en la pantalla. Lo hacía mientras masticaba cuidadosamente los cereales y pensaba que ella sí que tenía miedo a la muerte.
El hecho de apagarme por las noches, no me hacía ninguna gracia. ¿Qué era aquello que comenzaba? Aquellas voces, según desaparecía mi yo despierto, se cruzaban con otras que no reconocía tanto. Me asustaba. Con el tiempo valoré y disfruté de aquella desconexión.
Siempre hay que respetar los miedos de cada uno.
A ver…que me lío. Te cuento... Una mañana de verano, me disponía con mis padres y tu tía a pasar el día en una playa próxima. Nos dirigíamos a un pequeño islote, en el mismo centro de una laguna, que comunicaba directamente con el mar. Tú la conoces. Ahora, pasado el tiempo, cuando la miro, instintivamente, aparece una media sonrisa en mi rostro.
La veía enorme…
Mi isla del tesoro. A toda la familia le gustaba mucho, pues si llegabas temprano, resultaba un espacio único. Tan pequeña que no servía para compartir.
Para llegar a ella debíamos cruzar un buen tramo del lago. Y yo no sabía nadar, ni pretendía aprender a hacerlo. No había mucha profundidad, todo el camino lo realizábamos a pie y esto me ofrecía seguridad y confianza.
Mi temor al agua no me frenaba. A diario lo combatía junto a mi abuelo. Su apoyo era fundamental. Me enfrentaba a mi miedo pescando a lo largo de toda la costa. Me encantaba vencerlo. Le ganaba de día, él lo hacía por las noches.
Durante los veranos se repetía, una y otra vez, el mismo sueño. En él estaba yo, justo al borde de un espigón. En la frontera entre mi seguridad y aquel peligroso elemento de la naturaleza. Me veía a mí mismo andando por el bordillo, seguro de lo que hacía. Miraba al mar y todo cambiaba. Su hipnótico azul, su amplitud, sus movimientos provocaban en mí una especie de vértigo angustioso que derretía todo lo sólido de mi alrededor. Perdía el equilibrio y caía irremediablemente al agua…
Pasaba mis noches arrastrado por las corrientes de un infinito océano.
Me despertaba empapado en sudor, fruto de aquellos mares. A mis gritos, tus abuelos y los míos, ya estaban acostumbrados…
-          Yo no tengo miedo al agua. Menos mal- pensó Lara.
Daba igual, no me rendía. No iba a abandonar fantásticos momentos por un estúpido miedo infantil.
Aquel día del que te hablaba, llegué a la orilla de la laguna junto a mi familia. Miraba aquel islote como un destino mayor. No llevaba mi caña. Las anguilas, hoy, estaban de suerte. Introduje mis pies en el agua. La sensación era diferente que en la playa. Tiene otra temperatura. Es un poco caldosa y los baños allí siempre me dieron un poco de asco. La arena se mezcla con el lodo y provocan que el suelo resulte fangoso.
Avanzamos, como siempre, en fila india. Tu tía encabezaba la expedición. Mi padre y mi madre seguían el orden. Yo cerraba la marcha.
Hacía calor.
Mi hermana enumeraba los regalos que codiciaba para su cumpleaños. Parecía quererlo todo. Mis padres asentían y le respondían un irónico “¿y qué más?”. ¡Qué tonta! Ella seguía en lo suyo.
Y desaparecí, Lara. De repente, ya no estaba allí.
Cuando el agua me cubría el pecho, di un paso en falso. Un agujero se interpuso en mi camino.
Llegué atónito al fondo lodoso. Mis pies se hundían en aquella especie de arenas movedizas. Cuánta más fuerza ejercía sobre aquel inestable suelo, más atrapado me encontraba. El hoyo no era tan profundo, pero como mínimo mi cabeza desaparecía una cuarta. Con gran esfuerzo, logré impulsarme hacia la superficie. Salí del agua, vi a mi familia. Sus espaldas. Un breve instante y ya aparecían a varios metros de distancia. No pude decir nada.
Los nervios se multiplicaron mientras me hundía de nuevo.
Llegué al fondo y tragué agua. Es asquerosa el agua salada.
-          Pues la de la piscina, no te cuento, papá.
No creía lo que me estaba sucediendo.
Me insulté por aquel estúpido miedo, por no haber aprendido a nadar.
Los pies se iban enterrando cada vez más en el fondo. Con sabor a mar en mi boca, abriendo los ojos a más no poder, no viendo casi nada a causa de aquellas turbias aguas… volví de nuevo a coger el impulso necesario.
No gritaba.
No lloraba.
No podía emitir sonido alguno.
Saqué de nuevo la cabeza. Cogí el aire que pude. Mientras… mi familia…todavía más lejos.
Sentí miedo.
Soledad…esto era lo peor.
Regresé a lo que ya parecía mi casa. Esa substancia que siempre había temido me absorbía sin ofrecer una mínima tregua. De nuevo en el fondo. Tragué más agua.
Mi referente era Atreyu y yo convertido en Ártax. Eso sí, nadie gritaba desconsoladamente por mí. ¡Con lo que he sufrido yo con ese caballo!
Agotado, quise rendirme.
¡Nunca lo hagas, mi niña!
-No lo haré, papá- gritó la niña mientras sujetaba la tablet con fuerza y su cara estaba tan cerca de la pantalla que esta quedaba empañada.
La idea de la muerte pasó por mi cabeza. No es justo que un niño piense en esas cosas.
Y me iba…y me iba…no sabía adonde, pero me iba.
Cuando comencé a asumir lo que me estaba ocurriendo, cuando todo se estaba poniendo más oscuro, cuando me acercaba ya a un límite desconocido, recibí un golpe en la cabeza. Tremendo golpe. Un manotazo, concretamente, en plena coronilla.
 Tras esto, fui agarrado con una fuerza que me pareció sobrenatural. Aquel resistente cabello, de aquella era otra cosa, supuso el enganche que me guiaba hacia la superficie. Tuve la impresión de sentirme como una especie de muñeco desplazándome sutilmente por aquella laguna. Una fuerza mayor me arrastraba hacia arriba.
Aquel tirón de pelos, me libraba de mis miedos.
Miré al cielo como nunca lo había hecho.
Respiré, profundamente, con ansia.
Escupí todo lo tragado.
Miré a los ojos de mi rescatadora.
Mamá. Siempre mamá.
Fijaba toda mi atención en su rostro.
Sus labios se movían agitadamente, pero no la escuchaba. Mi pensamiento vencía a lo externo: gracias, gracias, gracias…le decía en silencio. Mientras; ella me echaba la bronca más injustificada del mundo. La miraba estupefacto. Me regañaba y ni ella misma creía lo que hacía. Suponía la única liberación que encontraba a toda la tensión acumulada.
Mi heroína.
Debí haberle dicho lo que sentía. Lo que había supuesto para mí. En cambio, por extraño que parezca, no volvimos a hablar del tema. Tampoco a pasar por el medio de aquel lago.
Lara, cómo nos cuesta verbalizar nuestros sentimientos; sobre todo, los positivos.
Quizás… son cosas que no hace falta decir. Todos sabíamos lo que había ocurrido, lo que había podido ocurrir y quien lo evitó.
La niña dejó de mirar la pantalla. Sus ojos se centraron en los de su madre. Tras un eterno silencio que Ana no llegaba a interpretar; habló.
-Yo te quiero, mamá.
- Ya lo sé, tonta.
Regresó a su padre.
Larita, lo que te decía…siempre estaremos contigo, como mis padres lo hicieron conmigo.
Si alguna vez mamá te arrastra por los pelos…
No lo creo, papá-dijo sonriendo.
…no se lo tengas muy en cuenta.
Te quiero.

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Lara, tras cepillarse los dientes, ponerse el abrigo y montar sobre su espalda toda una montaña de libros, cerró la puerta de su casa y, junto a su madre, cogió rumbo a la escuela.
Era una niña bajita para su edad. Sus padres no la apoyaban genéticamente. Vista desde lejos, con semejante mochila, parecía una tortuga ninja dispuesta a la batalla.
Sujeta a su madre, enfilaba el primer juego de la mañana: esquivar cualquier línea o color que encontrase en el camino. Pisarlos era un fracaso en aquel quehacer repetido desde los primeros años del colegio. Encontraba zonas realmente complicadas durante la aventura. Las sorteaba como una funambulista. Otras, en cambio, resultaban imposibles y, con estas, siempre utilizaba la misma estrategia: hacer trampas. Entonces, miraba a su madre, a ver si había detectado sus argucias. Hoy, su madre, parecía hallarse ausente. Ana miraba un horizonte que estaba mucho más lejos del que se divisaba a simple vista.
Comenzó la clase de matemáticas. La primera hora siempre se hacía cuesta arriba. Ella y sus compañeros permanecían en un casi obligado silencio debido al madrugón. La maestra no ayudaba. Tenía una cadencia uniforme y utilizaba largas frases unidas como si no existiesen los puntos y las comas. Lara se veía sumergida en un universo mono tónico del que era difícil escapar.
Cogió el bolígrafo. Tiempo de copiar. Hoy la maestra comenzaba fuerte: problemas. No entendía el porqué daban tanta importancia a las matemáticas. No le encontraba mucho uso y solo le ofrecía dificultades con nota.
“Una familia recorre en su coche doscientos sesenta kilómetros en tres horas ¿Cuánto tiempo tardarán en…”
Y allí estaba Lara, de pronto, sentada en la parte de atrás del coche familiar. Su madre conducía; a su lado papá. El vehículo iba cargado de maletas que lo llenaban todo, incluso su espacio. La niña miraba aquel montón de trastos. Era feliz. Se iban de vacaciones.
Mamá le decía algo a papá y él no paraba de reírse. Eran felices. Lara preguntaba qué había dicho. No obtuvo respuesta. Aun estando a menos de un metro de distancia los escuchaba, pero no los entendía. Nadie le aclaraba nada. Seguían cuchicheando entre risas. La niña, de nuevo, preguntaba. No encontraba respuesta, ni tan siquiera una breve mirada que la socorriese.
Un sonido atronador la retornó de aquel universo paralelo.
Despertó de golpe. Frente a ella ya no estaban sus padres, sino la maestra. La miraba con cara ruda, ojos penetrantes y sorprendidos a la par.
Avergonzada, asustada, más pequeña de lo habitual, pidió disculpas.
-          Tranquila. Atiende, Lara. Por favor. Ya hablaremos- dijo la maestra relajando su gesto.
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                                                     Ana
Hola hija. Te acabo de acostar. Te metiste en la cama enfadada conmigo. No entendías por qué tan temprano. Estuviste más de media hora gritándome hasta que convertiste tu cólera en un silencio mucho más desgarrador y doloroso.
Salí de tu habitación y me puse a llorar como una idiota.
No sabes nada, Lara.
Creo que nunca leerás esto que escribo. No lo sé. No lo tengo claro. Hace tiempo que dejé de pensar en cómo será el futuro. El mío, el nuestro. Nunca acierto en mis predicciones. Acaso cuando seas adulta, si la vida te reporta algún golpe que no sepas de dónde viene, ni hacia dónde va, te lo ofreceré como regalo.
 Necesito hablar con alguien y he decidido que seas tú, centro de tantas cosas. Al fin y al cabo, la protagonista principal de mi película.
Lara; me siento sola.
Hoy pedí la mañana en el trabajo. Tu maestra me había solicitado una tutoría. Con toda la ventaja del mundo, dijo que habías bajado tu rendimiento, que ibas cansada a clase e incluso, a veces, te quedabas dormida. Un segundo después de ese comentario mi cuerpo sudaba frío.
Mala madre, me sentí mala madre. No hay nada peor que eso.
Con tono altivo sentenció que debía modificar los hábitos y horarios de nuestra casa.
- A las nueve y media debe estar en cama, cenada y lista para dormir. No se puede volver a repetir -dijo secamente.
Me convertí en una hormiga, la más pequeña de todas, la más torpe, la que no sirve para casi nada. Estaba siendo juzgada. Quería insultarla y, a su vez, ponerme a llorar. No preguntó el porqué de las cosas. Aguanté el chaparrón. Le dije que sí un millón de veces. Creía haber nacido en China y llevar siglos asintiendo con mi cabeza, con un aburrido resorte unidireccional.
Regresé a mi niñez. Me faltaban las coletas.
“Gilipollas, gilipollas, gilipollas…” pensaba una parte de mí, mientras otra daba la razón a la maestra.
Aquella actitud, desde su púlpito, acalló mis penas.
No le dije que salgo a las nueve de la noche del trabajo. No le dije que lo único que llevo haciendo desde hace años, al salir de él, es ir a buscarte a casa de tu abuela. No le dije que cobro un sueldo de mierda, pero que lo necesitamos. No le dije que estudié psicología, pero que no doy salido del puto supermercado. No le aclaré lo más importante de todo. Cuando te recojo, tengo unas ganas enormes de hablar contigo, escucharte, saber que tal te fue el día, si te enfadaste con alguien en el colegio, si te encuentras bien, si aprendiste algo que te sorprendió, que mereció la pena… Eres mi hija y quiero y, tengo el derecho, a estar contigo.
Lara, pues sí, por eso hoy te acosté temprano.
Me tendré que acostumbrar.
Debo estar un poco más sola.
Una nueva carga. Me siento culpable de nuestra situación, de nuestros problemas, pero no sé muy bien por qué.
La culpa.
Mi culpa.
Cuando naciste, durante el primer año, la presión fue mucho mayor, más acentuada. Todo el mundo tenía algo que decir sobre tu educación. Juzgada, juzgada, siempre juzgada y yo con el coño como un higo y meándome por todas partes. Es crudo, pero es así.
Todo el mundo entiende de niños… Yo rechazaba los comentarios, atacaba sin motivo, como animal acorralado protegiéndose del no sabe qué.
Como una idiota, acababa haciendo lo que me decían.
Es muy difícil quejarse, hablar de lo duro que es ser madre, del abandono que ha sufrido mi vida.
¿Dónde quedo yo? ¿Dónde quedo yo? ¿Dónde estoy yo ahora?
Te amo, pero me has transformado.
Apenas paso de los treinta años y vivo pensando en tu cercana pre adolescencia.
Desde hace tiempo, mi existencia son mis preocupaciones.
En ocasiones sueño que viajo. Voy de un lado a otro, sin mochilas, sin nadie que me llame, sin preguntas, sin horarios. Viajo sola. Esté donde esté, me siento bien.
Cuando me despierto pienso dónde están mis sueños, los que debo tener despierta. Queda tanto por delante y ya no los encuentro. No me enfrento a ellos. Ni tan siquiera me preocupan. ¿Tengo que hacer como tantas otras…? ¿Debo depositarlos en ti…? Es injusto... para las dos.
Me pesa esta familia.
También echo de menos a tu padre.
Sí; Lara. La prueba ha dado positivo.
¿Y ahora qué?
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Ana pasó una mala noche. Sus pensamientos no querían darle descanso. Aquella radio mal sintonizada de su interior la acompañó en el insomnio y en los momentos de ligero sueño.
Lara seguía enfadada con su madre. Sin un “buenos días”, fue a su lugar de la mesa, frente a la única ventana de la cocina. Encendió la tablet. La pantalla reflejaba a su padre, en la esquina de su cama, a su lado, en una penumbra casi fantasmal.  Como todas sus mañanas. La imagen permanecía estática.
Pidió un poco más de leche para su cuenco repleto de cereales. Acomodó la silla. Dudaba sobre qué le hablaría papá hoy.
Ana conocía lo que venía, pero quiso volver a escucharlo. Sin decir nada, levantó a su hija y la acomodó en sus piernas.  La niña, emitió un pequeño sonido de queja, aunque no se movió.
Lara presionó la pantalla táctil.
Su padre comenzó a hablar.
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Marco
Tenía trece años. Todavía un niño. Eso sí, a mí cuerpo le comenzaban a pasar cosas extrañas. Un bigotillo a lo Cantinflas brotaba sobre mi boca y… bueno, también aparecía pelo en otras partes del cuerpo. Todo resultaba impactante para mí y…como te decía; yo, tan niño.
En aquel tiempo de cambios comenzaba a ser consciente de que había un futuro, cada vez más cercano y que poco tendría que ver con lo vivido hasta entonces. Percibía que había más mundo más allá de mi ombligo.
Salir de la infancia no es tan fácil, Lara.
También fue la época de interesarme por alguien, más allá de mi familia, mis amigos, Bruce Lee, Mortadelo y Robocop…
Inés era su nombre. Me gustaba mucho. Iba en mi clase. Casi nunca hablábamos, pero todo el mundo conocía mi amor hacia ella. Era dulce e inteligente. A veces…me miraba. Cuando lo hacía, mi idiotez adquiría límites inimaginables. Me inundaba una risa nerviosa a la que era imposible dar control. No llegaba a articular palabra alguna.
Mi primer amor.
Morena como era, me tenía totalmente enganchado.
Su manera de andar, su sonrisa, todo me gustaba en ella. Mis compañeros de clase gastaban bromas sobre nosotros y yo, con mi papel bien aprendido, me enfadaba. En el fondo me gustaba cuando lo hacían. Estábamos más cerca. Se creaba una idea de que había “algo” entre nosotros y no solamente de mí hacia ella.
Inés ni negaba, ni afirmaba. Caminaba hacia su mesa con elegancia, con la cabeza bien alta, como si el chiste no fuese con ella, o los que lo decían no mereciesen la mínima atención.
Mis primeros y casi últimos poemas se los debo a ella. Por cierto, patéticos.
Lara miró a su madre; repentinamente.
-          Mamá, ¿a ti nunca te dedicó ningún poema?
-          No, pero algunas cartitas sí que me tiene mandado. Y, por cierto, muy bonitas.
-          ¿Me las dejas leer?
-          No, esas cartas eran solo para mí. Además, a mí no me grabó ningún video. Eres una afortunada.
-          Eso es cierto. Tengo mucha suerte.
Ana se levantó rápidamente. Le dio la espalda a su hija. Tragaba saliva para relajar el nudo formado en la garganta.
Jugando yo al amor platónico llegó el final de curso, nuestro último curso. Tres días fuera de casa, sin nuestros padres.
Fantaseábamos con la noche de fiesta discotequera. Y llegó.
Tras pasar más de una hora arreglándonos todo lo que podíamos, de echar medio bote de colonia y un buen pegote de gomina, nos adentramos en la discoteca del hotel.
Cómo vivíamos aquellos tiempos…
En realidad, no se trataba de una discoteca sino un pequeño bar instalado en el sótano, eso sí, con una bola de colores girando en medio de la sala. De público, los profesores que nos acompañaban.
Era nuestra noche, mi gran noche. Tenía decidido declarar mi amor a Inés, pedirle que fuese mi novia.
Todos jugábamos a ser adultos. Desde luego, que mal os educamos Lara… no hacéis más que copiar lo peor de lo peor que os mostramos.
Bueno…y allí estaba Inés. Radiante. Pletórica. Todavía la recuerdo así, como con una aurea a su alrededor.   Nunca había sentido algo como aquello, ni lo volví a sentir de aquella manera. Era como un amor religioso, como quien alaba a una santa.
Mi amor y mi voluntad me hacía sentir más fuerte. No me engañaban, podrían con cualquier cosa. Estaba convencido que, tras mi declaración, Inés sonreiría. Me ofrecería un sí rotundo y un apasionado beso constituiría el gran cierre de función. Mis sentimientos la abrumarían. Con aquella intensidad que yo transmitía, casi estaba obligada a sentir lo mismo. ¿Cómo podía ser de otra manera?
Avancé lentamente por aquella casi pista de baile. Paso a paso me acercaba al grupo donde ella se encontraba. Estaba preciosa. Llevaba un vestido blanco que le llegaba hasta las rodillas. A menos de un metro de ella, le pedí, por favor, que hablase conmigo en privado. Sus amigas reían. Inés accedió y nos fuimos a una de las esquinas de la sala.
Lara, le declaré mi amor, le dije cuánto me gustaba. Le pregunté si quería ser mi novia.
El padre, detuvo su narración por un instante. Lentamente se acomodaba en la esquina de la cama de Lara. De fondo, la niña pudo escuchar en la grabación pequeños ronquidos. Eran los suyos.
-          ¿Pero qué pasó, papá? ¿Qué te dijo? -. Le preguntaba mientras, involuntariamente, acercaba su cara a la pantalla, como si así la respuesta fuese a ser más rápida.
Marco suspiró antes de reanudar la historia. Por su forma de contarlo, parecía haber sido realmente importante en su adolescencia.
-          A partir de ahora, somos novios- expuso Inés contundente.
Violentamente se dio la vuelta, casi sin mirarme, y se marchó.
Una pequeña mujer fatal.
Su grupo de amigas le esperaban ansiosa. Pedían toda la información de aquella historia, que no era suya, sino nuestra. Cuántas veces me he encontrado con personas así.
Yo estaba radiante. Mordía mi labio inferior para obligarme a contener todas aquellas emociones que Inés, y su respuesta, provocaban en mí.
Continuó la noche. Me sentí feliz. De una manera que solamente puede sucede así en la infancia. Sin control. Sin pensamiento. Sin razón.
Me divertía con mis amigos y a veces, cuando no me veía, la miraba. Sonreía. Sus amigas igual. Miraban y reían con complicidad. Yo disfrutaba siendo el centro de atención.
De repente, apareció María, una compañera de clase. Nunca habíamos tenido mucho trato, pero la estimaba. Era una de estas personas que sabes que son…no sé muy bien como expresarlo…buenas, sensatas; transparentes, más bien.
Sonreía amablemente mientras se acercaba. Respondí de la misma manera.
Ya pegada a mí, cuando los únicos ojos que la miraban eran los míos, cambió su gesto.
Seria, incómoda. Fue directa al grano.
-          Marco, Inés se está riendo de ti. Dice a todo el mundo que cómo iba ella a salir con un niñato como tú. Le hace gracia que te lo creas. Imbécil, te está tomando el pelo. ¡Espabila!
Silencio, silencio, silencio…mientras mis pulmones perdían todo su aire.
-          Gracias… María- contesté con la poca dignidad que me quedaba.

-          ¡Menuda idiota! - gritó Lara de inmediato.

-          Lara, no te pases- replicó su madre al instante.

-          Mamá, Inés es una idiota.

-          Bueno; sí.

Con el tiempo, me encontré con María en diferentes ocasiones a lo largo de los años. Parece seguir siendo tan buena chica como entonces. Es una persona que valoro. Mucho más desde aquella conversación que, haciéndome tanto daño, me abría los ojos de una realidad que yo me negaba a ver. Fue una valiente.
Durante un tiempo, muchos compañeros le recriminaron haberme contado la “broma”. Lara, para ser una broma tiene que hacer gracia a las dos partes, el que la ofrece y quien la recibe. Dios mío, si no llega a decírmelo, no sé cuánto tiempo podría haber vivido engañado.
Me impactó tanto…Creo que, según crecemos, nos fabricamos un extraño filtro, donde las emociones, inexplicablemente, pasan a un segundo plano. Allí, en aquella pseudodiscoteca, el mundo, el tiempo, se había parado.
De Inés no quise saber nada, ni de su amor y menos de su amistad. Decía Cirano de Bergerac, el de la nariz larga, antes de morir que, si de algo se arrepentía, había sido de su orgullo. Bueno…lo entiendo, pero que no exagere.
Lara, como supondrás, aquella noche fue muy dura para mí. Es increíble que, aun pasando tanto tiempo y sabiendo que era cosa de niños, siga haciéndome daño el recordarlo. Me sentí solo. La vergüenza se apoderó de mí. No tanto por lo que me hizo, sino por no llegar a interpretar lo que ocurría. Tonto, más que tonto. Por ver cosas que no eran, por haberme creado una realidad tan hermosa y tan mentirosa a la par.
Valoro este pasaje de mi vida. ¡Aprendí de golpe tantas cosas! Y aprender, Lara, siempre es positivo.
El amor no circula nunca en una sola dirección. Si es así, se trata de otra cosa.
Mi amor es tu madre, tú, claro, y lo que construimos juntos.
Lara sonrió a su madre. Ana se sonrojó.
Me enseñó a valorar a personas como María. Le importaron más mis sentimientos o, no sé, la injusticia, que quedar bien con la pandilla de clase. Sabrás, con el tiempo, la importancia de conocer personas como ella. Cuídalas.
No es fácil nadar contra corriente.
Y lo más importante de todo, por duro que fuese: hay que hacer las cosas que uno pretende. Me alegro de haberme declarado a Inés. No salió cómo pensaba. No salió cómo quería. Pero lo intenté. A veces, se fracasa; por mucho que te esfuerces, pero te aseguro que, siempre, siempre, vale la pena luchar por lo que se desea.
Te cuento estas cosas, porque puedo hacerlo. Porque las viví. Conlleva ganar, conlleva perder.
Aprender a ganar, aprender a perder.
Lo intenté. Sí; lo intenté
Que pases un buen día, Lara.
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La niña apagó la pantalla. Se levantó de repente, de un salto. Miró fijamente a su madre, durante unos segundos. Ana, inmóvil, se mostraba nerviosa ante la intensidad que reflejaba su hija. Aquella mirada que decía tanto y no sabía qué.
-          ¡Menuda idiota! - dijo por fin.
-          Acaba los cereales, anda.
Lara cargó su pequeña mochila como todos los días. Parecía portar una casita llena de trastos a su espalda.
Ya en el patio, se colocó con sus compañeros en la fila de entrada a clase. Un grupito de niños comenzó a hablar de lo que habían hecho el fin de semana.
Una compañera comentó que había ido a una competición de atletismo y había quedado segunda. Otra hablaba de su tarde de sábado. Toda la familia había ido al cine. Una tercera, que la tarde del domingo la había dedicado a jugar al “Monopoli” con sus padres y hermanos.
Lara guardó silencio. El sábado entero lo había pasado con su abuela. Había disfrutado los juegos de cartas, pero no quiso compartirlo con sus compañeras.
No decía nada. Como objeto perdido, no encontraba su lugar. Daba pequeños pasos hacia atrás, con la intención de alejarse de aquellas personas que, de alguna manera, le estaban haciendo daño.
Las compañeras miraron a Lara. No tenía buena cara. No parecía ella.
-          ¿Qué te ocurre? ¿Estás bien? ¿Pasa algo? - preguntaron a la niña.
-          ¡Mi padre ha muerto!
-          Mi padre está muerto- decía en esta ocasión, mientras su voz caía irremediablemente hasta no ser percibida más que por ella misma.
El silencio se hizo a su alrededor.
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Ana
Me gusta mirar hacia atrás. Mi pasado. Fijarme de nuevo en tantas personas que he ido conociendo a lo largo del tiempo. Recordar sus gestos. Acuden a mi memoria con frecuencia. Han dado tanto a lo que ahora soy.
Hay personas que son importantes desde el momento que las conoces. Otras, en cambio, se subrayan con el paso del tiempo. También están las que no sabes muy bien por qué, son significativas. No lo parecen, pero lo son. El saco del olvido también está ahí; para las indiferentes.
Otras las recuerdas por gilipollas…
Lo que más me cuesta reconocer de mis recuerdos, es aquella versión de mí misma. Aquel “yo” de hace tanto tiempo.
Cuando hablo de mi infancia y adolescencia, suelo hacerlo en tercera persona. Me gusta de quien hablo, pero ya no sé bien si aquella era yo.
Odiaba el rosa; por principios.
Significaba ser débil, llorar, el consentimiento continuo, los cuchicheos, hablar casi en silencio, la pasividad, la sumisión…
Yo no era así, ni aspiraba a serlo.
Desde muy pequeña comencé mi deconstrucción. Lo primero: el pelo. Muy corto. A partir de los once años, las faldas siempre fueron pantalones. Yo hablaba en alto, como los niños y esto me convertía en blanco fácil para los profesores. No quería ser un hombre, solo actuar como ellos. Quería ser activa, decir lo que pensaba; y con mi imagen creada, lo conseguía.
En la adolescencia mi identidad se potenció.
 A lo construido le di un sentido teórico. Me sentí mujer, muy mujer y rechazaba todo lo que a nosotras nos había sido impuesto con el paso del tiempo.
A los dieciséis años, llegué a odiar a mi madre solo por llevar una vida convencional con mi padre y con nosotras. Tenía claro que el matrimonio era una institución fallida, creadora de esclavas.
Cuando me gustaba un chico, era yo quien me encargaba de atraerlo. Que no se le ocurriese a ninguno llevar la iniciativa. Si lo hacía, no tendría opciones. Yo era directa, sin rodeos. Portaba una armadura que me ayudaba a cada paso; elegía mi camino, tomaba mis decisiones.
Si algo he perdido con el paso de los años, sin duda, ha sido aquella seguridad tan brutal que me acompañaba. Creo que esto nos pasa a todas. Las dudas, la experiencia…acaban por relativizar muchas certezas.
Se mostraba ante mí un mundo donde millones de mujeres vivían sometidas, portadoras de un yugo que no se daban arrancado.
Lo sigo viendo igual.
El instituto era la confirmación del borreguismo. Yo, la consciente oveja negra.
Perdí dos cursos. No me arrepiento. Las cosas son así.  Quería aprender y lo hacía; pero no aceptaba las normas que se me imponían. La memorización era la base de aquel anticuado método y, tristemente todavía lo sigue siendo. Me negaba a aceptarlo. Repetir como loros lo estudiado para luego vomitarlo, el día del examen, no me servía. Aquello no era aprender. 
Pasaba más tiempo en la biblioteca escolar, leyendo, conociendo a los clásicos, aprendiendo aquello que me parecía importante, descubriendo mis gustos, que en el aula. El parte de faltas era tan largo que mi madre no sabía ya muy bien cómo justificarlas para evitar mi expulsión del instituto.
Las notas me daban exactamente igual. A mis padres, no. Esto generaba, en el entorno familiar, una constante guerra de la que era difícil escapar.
Me habían otorgado la medalla de rebelde y yo la aceptaba con gusto. Obi-WanKenobi estaría orgulloso de mí.
El tiempo, de alguna forma, me dio la razón. Superé aquel trámite llamado secundaria y me lancé de cabeza a la carrera que más me gustaba, a la que más interés me ofrecía.
Tantos años después, me miro y no sé lo que veo.
 Soy, pero no soy.
Estoy casada. No es que me arrepienta; pero siento que, de alguna manera, he cedido. Me he traicionado. Atada a toda una serie de circunstancias. A todo lo que había estado detestando hasta entonces.
Aprendí a sonreír sin ganas, a callarme, a aceptar lo inaceptable. A ser una actriz, como cada una de nosotras, sin quejarme mucho. Debo escribir en un diario lo que pienso, para no hacer daño a las personas que quiero.
La vida me ha domesticado.
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La niña se levantó sola. En silencio. Lentamente fue hacia la cocina. Sentada en su silla, cogió la cuchara y la apretó con fuerza, sin ser consciente de lo que hacía.
-          ¿Qué te sucede, Lara? Estás muy rara.
-          Me encuentro bien, mamá, estoy bien…-dijo la niña sin reunir la fuerza suficiente para poder mirar a su madre cara a cara.
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Marco
Lara; nunca te fíes de lo que sabes. Nunca será una verdad absoluta. Te lo aseguro. Tu mundo no es el del resto.
Te voy a contar una historia:
A mi edad, he podido cumplir algunos de los propósitos que tenía de pequeño. El más importante, seguramente, ha sido poder ayudar, en lo que he podido, a personas instaladas en una situación más complicada que la mía.
¿Cómo puede uno sentirse bien si la gente de su alrededor está sufriendo?
Miró a su madre y certificó que Ana llevaba tiempo triste. Fingía; pero esas cosas, una niña de su edad, lo percibe. Mamá también echaba de menos a papá… y ella no estaba ayudando en nada.
-          Así,  yo tampoco puedo ser feliz- se dijo en voz baja.
Ana lo escuchó.  Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Tú aun no habías nacido y tu madre estaba estudiando el último año de psicología.
Abandoné mi trabajo y mis ahorros por un sueño.
Viajé como voluntario con una ONG a Centroamérica, concretamente a Guatemala. Partí al occidente, allá, en la pura montaña. Ya en mi destino, un pequeño pueblo, pude comprobar que médico más cercano se encontraba a seis horas andando, la única manera de desplazarse por aquel complicado terreno.
La diversificación en los cultivos era el proyecto en el que fui a colaborar.
Iba mentalmente preparado. Conocía las dificultades con las que vivía la población y mi único propósito era ayudar en lo que pudiese.
La base de la alimentación la constituían el maíz y los frijoles. Como te imaginarás, los problemas de desnutrición estaban a la orden del día.
Mi primera gran sorpresa al llegar fue la mirada que me ofrecían los lugareños. Lo hacían como si yo fuese un extraterrestre. No lo entendía: yo era como ellos, un trabajador.
Seis meses, sin duda, de los más importantes de mi vida. Mis ojos, desde entonces, se abren de otra manera.
Mi primer y único gran viaje.
Desde allí, a tantos kilómetros de distancia, me pude ver desde lo lejos. Con más claridad. Mi pasado, mi presente, mis personas queridas. Aún no estabas tú. No eras ni proyecto. Mamá sí que estaba.
Aquella distancia de tantas cosas, me ofrecía seguridad. No he podido volver a disfrutarla nunca más.
Conocer el día a día, los problemas de aquellas personas, desde luego, posiciona los de uno… al borde del ridículo. Lo relativiza todo.
Por las mañanas, cuando tenía tiempo libre, acudía al colegio del pueblo. Esas aulas abarrotadas me recordaban a mi infancia. Me gustaba compartir el tiempo con ellos. Les contaba cómo era mi vida al otro lado del charco y descubría, día a día, cuáles eran sus rutinas.
Por las tardes no había mucho que hacer. Los partidos de fútbol era el pasatiempo habitual, como también lo era que algunos de los alumnos del pueblo se acercasen a la casita en la que vivía, para que les contase alguna historia.
Sabes perfectamente que esto de los cuentos…es lo mío.
-Lo sé papá, los cuentas muy bien.
Una tarde ocurrió algo diferente.
Sentados en mi pequeño patio, comencé la historia del unicornio. Sabes cuál te digo.
-          ¿La del deseo, papá?
En ella, un cazador, venido a menos, vive con su madre ciega y su mujer estéril. Desesperado por la hambruna, sale a cazar con su última bala en la recámara. Decide no matar a un unicornio que se encuentra en su camino y, a cambio, estele concede un deseo.
Mira que lo tengo contado veces... Sabes que el cazador sostenía un debate en su interior entre dar un hijo a su mujer, devolver la vista a su madre o lograr dinero suficiente para vivir con dignidad. Su ingenio salva la situación: desea que su madre vea a su hijo meciéndose en una cuna de oro. Un final que a cualquiera nos gusta.
-          Claro, lo consigue todo-dijo Lara, rotunda.
Antes de que el cazador formule su deseo, siempre me gusta darle un poco de intriga al asunto. Os pregunto qué deseo preferiríais. Algunos queréis que la madre recupere la vista, otros que la mujer del cazador pueda quedarse embarazada y otros niños recurren al dinero como salvación de la familia.
Y pregunté a aquel grupito de niños, todos ellos hipnotizados con la historia.
-          Niños, ¿qué es lo que más desearíais en el mundo? - dije sonriendo. Sabía lo que venía.
-          Seguro que dijeron que la mujer pueda tener hijos, papá- dijo Lara, convencida.
-          ¡Carne! ¡Carne! ¡Carne! - gritaron al unísono- No podía ser… los niños quieren jugar, divertirse, regalos…Eran unos críos y deseaban carne.
El padre cambió de tono.
Mi cara empalideció.
No sabía dónde meterme.
Me di vergüenza.
No comprendía nada.
Acabé la historia como pude, me despedí y me encerré en casa. Era temprano pero, ese día, no volví a salir de la habitación.
Carne, carne, carne...  habían pedido de deseo.
 Carne, carne, carne…le habían dicho a alguien que se permitió el lujo de dejar su trabajo por una aventura vital.
Sus experiencias, sus luchas… no eran ni podían ser las mías. Podemos, debemos empatizar, intentar conocer, luchar por lo justo, acompañarlos en sus batallas… Hasta ahí podemos llegar.
Nuestra piel es la única que habitaremos.
Creo que necesitamos colocar, organizar, todo lo que nos ocurre. Les damos un nombre, una explicación, un sentido, una excusa a lo que hacemos. Lo necesitamos.
Lara, nunca te fíes demasiado de la visión que te has creado de las cosas.
 Ni será totalmente cierta, ni será así para siempre.
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Cogió su pequeña mochila y le dio la mano a su madre. No hablaba. No podía. Se encontraba nerviosa, estresada.
-          No entiendo muy bien qué me quiere tu maestra. Hace pocos días que hemos estado hablando. ¿Tú de verdad, no sabes por qué me llama?
-          No lo sé, mamá. A mí no me dijo nada.
-          Vamos- dijo Ana mientras apretaba la mano de su hija con fuerza.
Con paso firme y constante se dirigieron hacia el centro donde escolar. Hoy Lara no jugaba a nada.
No hubo palabras que las acompañasen durante el recorrido. Sus pensamientos giraban alrededor de la otra.
Cruzada la puerta principal, los nervios de Lara habían llegado a un nivel inusitado para alguien de su edad. Bloqueada. Una olla a presión que no liberaba gas alguno. Le entraron arcadas.
-          Me encuentro mal, mamá.
-          Ya veo.
Ana le tocó la frente para identificar algún posible problema.
-          ¿Nos vamos a casa? Por favor…
-          Espera. Hablo primero con la profesora y miramos cómo te encuentras.
Lara, sentada en un pequeño banco del patio mientras esperaba a su madre, comenzó a sentirse sola. No había nadie. Todos los compañeros ya estaban en clase. Centró la vista en las piedras que encontraba a sus pies. Eran pequeñas y redondas. Compartían espacio con aquella solitaria zona de recreo.
Inmóvil. Vacía. Recordó a su padre sumido en aquel agujero fangoso, luchando por querer salir. Ella, en cambio, no encontraba escape a su situación. La tristeza invadió su ser. Los minutos que allí pasó le parecieron días, semanas, tal vez años …
De frente, vio salir a Ana a cierta distancia. Marchaba sola. Sus pasos eran más lentos de lo habitual. Miraba hacia el suelo. Como ella, hasta aquel instante.
-          Mamá siempre va con cabeza alta- pensó.
Se fue acercando a ella sin decir nada, en línea recta, con un gesto que la sacaba de este mundo. Sumida totalmente en su interior.
Cuando por fin llegó, tras una interminable procesión, alzó sus ojos frente a los de su madre. Ana la miró con una insólita e inquietante profundidad. Nunca lo había hecho de aquella manera.
Segundos interminables…
De repente, sintió un golpe en su cara. Un bofetón que resonó en todo el patio. No hubo reacción por su parte.
-          Nunca más, Lara. Eso…no lo vuelvas a hacer nunca más-dijo Ana con la voz entrecortada.
Sintió alivio. Aquel golpe la acercaba de nuevo a su madre.
-Nunca más mamá, nunca más- pensó la niña, sin poder emitir sonido o gesto alguno.
Ana señaló la puerta de entrada del colegio y, la niña, sin decir palabra, se encaminó a la extraña jornada que le esperaba.
Lara miró hacia atrás. Fue un instante. Lo suficiente para ver a su madre girándose camino a casa.
Lloraba.
Hasta ese momento nunca había visto llorar a su madre.
-          Nunca más, mamá- logró articular esta vez, con un volumen que hizo imposible que aquella disculpa llegase a su destino.

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Ana
Comencé a salir con tu padre el último año del instituto. Pertenecíamos a la misma pandilla. Disfrutábamos de nuestra juventud. No había futuro en que pensar; o, cuando menos, parecía tan lejano que para qué prestarle atención.
Todo era intensidad.
Comenzamos a salir juntos y no recuerdo el porqué.
Poco a poco, los amigos comenzaban a juntarse. Era lo propio. Tenían relaciones efímeras. Amoríos que, a día de hoy, me parecen ridículos, imposibles. Aunque quizás todas las relaciones sean un poco así.
 Yo nunca había tenido pareja. Ni tan siquiera me lo había planteado.
Con Marco ocurrió algo diferente.
Toda mi pose, mi fachada, mi armadura…con Marco se desvanecían. Con él me sentía segura. Siempre estuve a gusto con tu padre.
Fuimos amigos antes de besarnos, fuimos amigos antes de casarnos, seremos amigos para siempre.
Es curioso, la última pareja de nuestro grupo en formarse y la única que se mantuvo.
Sin pretenderlo, pasó el tiempo. Seguíamos juntos. Marco es bueno; de salida, de fondo, de esencia…también positivo. Su mundo nunca se detiene. Siempre va hacia adelante. Surgen problemas, surgen soluciones.
Compartimos desde el comienzo una sensación de que nuestra relación era atemporal, es decir, que nunca habría motivos para romperla. Y aquí estamos porque era…no sé, lo normal, lo lógico, lo fácil.
No me morí nunca de amor por él.
Fue familia desde que lo conocí.
Es muy bueno.
Pocas veces antepuso lo personal a lo del resto. Quizás aquel viaje a Centroamérica, su sueño.
Aquel año…mi último curso en la facultad.
Aquel donde empezó otra nueva vida para mí.
Una existencia cargada de vergüenza.
Tranquila, mi vergüenza no eres tú.
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Lara, tras las clases, fue a casa de su abuela, como casi todos los días.
Sofía era su nombre. Le ayudaba a diario con las matemáticas. La niña las odiaba. La abuela también. Los martes y los jueves era ella quien le acompañaba a patinaje. Aquella actividad sí que le gustaba.
Si hacía buen tiempo, la llevaba al parque, aunque a la niña no le importaba permanecer en casa. Allí disponía de multitud de piezas de Lego, con las cuales construía y arruinaba diferentes visiones de sus ciudades y universos imaginarios. Disfrutaba jugando sola, quedándose en su mundo, perdía la noción del tiempo. Cuando tenía todo montado, al máximo detalle, lo hacía caer sin que una sola fotografía lo salvase para el recuerdo.
La abuela, si había cumplido con sus tareas escolares, no ponía impedimento. Lara, cuando la concentración en el juego llegaba a su punto álgido, comenzaba a hablar sola. A Sofía le gustaba la pasión que la niña imprimía; pero, a veces, se preocupaba por las conversaciones que salían de aquella pequeña boca. Sus padres eran los protagonistas principales de sus historias. La muerte, también lo era. Cuando menos actriz secundaria.
Jugar a las cartas solía ser una buena escapatoria de aquellos complicados soliloquios. Sofía sacaba la baraja y Lara se dirigía a la mesa de la salita a la conquista de la escoba.
Sofía no reprochaba nada a su hija.  Sabía que Ana llevaba mal el poco tiempo que dedicaba a Lara. Reconocía en ella ese dolor. Tiempos difíciles para todos.
Observaba a su hija. No eran sus primeras arrugas lo que envejecía a Ana, era aquella expresión, una mirada donde ya no había ganas, ni fuerzas para seguir peleando. Esta actitud solo desaparecía frente a Lara. Ahí mostraba un sobreesfuerzo continuado a lo largo de mucho tiempo. Fingía una fortaleza que ya no poseía.
Sofía sabía que esa pose auto obligada no le serviría para siempre.
Nunca recriminó nada, ni a su hija, ni a su yerno. Hacían lo que podían. A ella también le gustaría no tener aquella obligación inesperada a su edad. Así eran las cosas. Le había tocado desempeñar un papel protagonista en la educación de Lara. No podía ser su abuela. Era, de nuevo, madre. Con todo lo que conllevaba.
Aquel día, la niña se mostraba muy callada.
-          ¿Qué te ocurre Lara?, no dices nada- preguntó mientras barajaba las cartas.
-          No quiero hablar, abuela.
-          Pues raro me parece, la verdad.
-          Son problemas de familia, abuela…-dijo la niña.
-          Lara, pero yo soy tu familia.
-          Lo sé abuela, pero es de mi otra familia.
Besó en la mejilla a su abuela, cogió su tablet y avanzó hacia la habitación de los Lego.
Sofía, tras unos instantes paralizada, fue a la habitación donde acababa de entrar la niña. Desde el pasillo, la vio por el espacio que había quedado por la puerta mal cerrada. Su nieta estaba sentada en el suelo, junto a miles de piezas desorganizadas en el espacio. Encendió el aparato electrónico, otrora compañero de sus mañanas. Esta vez no escuchaba.
“Hola papá…”
La abuela cerró la puerta y dejó sola a la niña.
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Papá
“La vida, si no te ofrece grandes desgracias, es un paseo agradable que vale la pena recorrer”.
Hola, Lara; esto no es mío.  Cuando yo era joven, un anciano, me lo dijo con una tranquilidad pasmosa. Asumía que los días por venir eran ya muy limitados. Lo hacía con absoluta dignidad y, de alguna manera, se reía de la muerte.
-          Nadie se puede reír de la muerte - pensó la niña.
Qué gusto escuchar a alguien estas palabras.
Yo no sé mucho de la muerte, todavía me veo joven para tener que afrontarla y, la verdad, no tengo ningunas ganas de conocerla. Eso sí, espero llegar a ella de la misma forma que este hombre: sereno y lleno de dignidad.
De todas formas, a mi edad, ya tengo una cosa clara:
Tengo mucha suerte.
Conocí a tu mamá, nos quisimos. Nos queremos. Gracias a eso, apareciste tú.
Vivo junto a mis dos personas favoritas.
¡Qué suerte tengo!
………………………………………………………………………………………………
-          Qué suerte tengo, qué suerte tengo…- se repetía Lara junto unos cereales que, en esta ocasión, le ganaban la partida.
Ana la miraba y no decía nada.
Tras acabar el desayuno, al colegio. Lara contaba a su madre cómo se realizaban las operaciones con decimales y la cantidad de casos que aparecían en las divisiones. La madre no recordaba casi nada de lo que la niña le decía.
-          Qué suerte tengo, qué suerte tengo…- resonaba en la cabeza de Ana como si se encontrase dentro de una cueva. Aquel eco retumbaba sobre el terrible mundo de las matemáticas que le exponía su hija.
Llegaron a la puerta del colegio y Lara dio un abrazo a su madre. Hacía mucho tiempo que no lo hacía de aquella manera. La pequeña agarró con fuerza y suavidad su cabeza y le susurró al oído:
-          Mamá; nunca más. No lo voy a hacer nunca más. Perdóname.
Apresuradamente salió corriendo hacia su clase, sin mirar atrás.
El regreso a casa fue duro. Exceso de pasado, implacable presente y un futuro caprichoso que no sabía cómo ubicar.
Ya en la cocina, preparó un café. Sobre la mesa permanecía la caja de cereales junto a la tablet. La cogió y, cuando la iba a apagar, fijó su atención en la esquina de la pantalla. En el escritorio había un nuevo vídeo; contiguo al último grabado por Marco.
Lo reprodujo. Sus ojos se abrieron como platos cuando encontró en él a Lara en el mismo formato que tanto había utilizado su marido.
Aparecía un primer plano de Lara tranquila; segura.
 Mirando fijamente a la pantalla comenzó a hablar.
-          Hola papá…Supongo que te parecerá un poco raro esto que hago, pero es que hoy quiero hablarte yo. Creo que…lo necesito.
Perdóname papá. Yo no quería, te aseguro que no quería hacerlo, pero…sin darme cuenta… te he matado.
Te echo mucho de menos.
Lo siento…
Lo siento…de verdad.
El video llegó a su fin. Ana fijó su mirada en el café. La cucharilla no paraba de dar vueltas sobre el borde de la taza.
Círculos, círculos, más círculos.
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Mamá
Cursaba el último año de la facultad…
Me sentía mujer, me sentía libre.
Invertía el tiempo en todo lo que me gustaba, incluidos los estudios. Me apasionaba la psicología: los entresijos de la mente humana, las emociones, las conexiones entre lo vivido en la infancia y el qué somos después de esta. Creo que nunca volví a sentirme como en aquella época. No digo que el después haya sido peor; digo que nunca fue igual. Resultaba todo tan…pleno.
La única responsabilidad que tenía era con mi formación: académica y personal. Yo cumplía conmigo misma. Me gustaba en quien me había convertido.
Fuerte, independiente. Tomaba mis propias decisiones sin estar condicionada a nada que lo que no fuese yo.
Arriba, muy arriba, demasiado arriba…
Lo controlaba todo. Mi experiencia, mi formación era el perfecto asfalto que allanaba cualquiera de los caminos que me encontraba y me encontraría.
En aquellos derroteros, sin darme cuenta, me vi separada de tu padre. En kilómetros, pues Marco había gastado lo ahorrado, a lo largo de los años, en su sueño: conocer América Latina.  Pero mucha más distancia había en lo personal.
Más de ocho mil kilómetros de distancia y aun si hubiese estado físicamente pegado a tu futuro papá, sería la misma separación.
Apareció él. De repente. Sin avisar. Sin llamar a ninguna puerta.
Comenzamos a establecer relación, casi por casualidad. No estudiaba conmigo, pero amistades de amistades propiciaron nuestro encuentro.
Desde el principio nos entendimos muy bien. Era inteligente, sutilmente divertido, en ocasiones brillante.
Tras unas semanas, comenzamos a quedar los dos solos. No existía más que amistad. Eso quería pensar yo.
Todas mis dudas las esquivaba hablando de nuestra relación con tu padre. Era una forma de normalizar, de tapar lo que estaba ocurriendo realmente.
Marco nunca ofrecía el menor síntoma de celos. Decía que era muy bueno conocer personas tan interesantes. Era feliz si yo también lo era. Nunca dudaba de mí.
Se equivocaba. Me equivoqué.
Lo que era un juego pasó a problema rápidamente. Cuanto más me acercaba a él, la sombra de tu padre iba desapareciendo cada vez a mayor velocidad. Marco se alejaba de mis pensamientos, de mis sentimientos, de mis conversaciones. Cuando hablábamos, ya no le contaba toda la verdad. Todo iba camuflado.  En un principio conscientemente, luego como fórmula mecánica de protegerme, de acallar mi conciencia.
Y caí…hasta lo más hondo. La profundidad era tan bestial que era imposible salir de allí.
La pasión por él era implacable. Absoluta. Cegadora. Irreal.
Resultaba demasiado fácil: fuera de mi ciudad, de mi entorno, de miradas inquisidoras.
Desde que dimos un paso más en nuestra relación, ya no volví a hablar a Marco de él, de nuestros cafés, de mis sentimientos. Me resultaba imposible. Tampoco lograba ser honesta, abandonar a tu padre, ser buena persona. Lo quería todo, como una niña egoísta que no pensaba en nada más que en ella.
Con el paso del tiempo, me encontré bloqueada. No veía rumbo a seguir. No podía tomar decisiones.
 Creé una disociación en mi vida, mi cabeza y mi corazón. No soportaba lo que estaba haciendo, pero continuaba en las dos relaciones. Dependiendo del momento, del espacio en el que me hallaba, era una persona diferente.
Creí volverme loca.
Esta relación se prolongó tanto que hasta me da vergüenza escribirlo. Me fui de ella destrozada. Por aniquilar a todo lo que quería: a tu padre, a él, a mí misma. A todos los había traicionado. Creía tener sólidos valores, trabajados durante tiempo y no eran más que puro confeti.
Aquella última noche…él no sabía que por fin lo abandonaba. Me despedí queriéndolo, amándolo. Debía dejarle algo que fuese permanente. Un poso de amor y mucho sexo. Pero ya en la puerta le dije adiós, acaricié su pelo y la cerré para siempre. Me senté en el suelo del recibidor gritando: “Me estás matando, me estás matando, me estás matando…me estoy matando, me estoy matando, me estoy matando…”
Los días venideros aún me temblaban las piernas, pero mucho más la cabeza.
De un día para otro, me vi de vuelta en nuestra ciudad. De un día para otro, me vi viviendo con tu padre. De un día para otro, me vi embarazada de ti. Con tantas heridas, tanta amargura por lo hecho.
Tuve que perdonarme, (nunca me perdoné no habérselo contado a papá) no había otra opción.
No me arrepiento de lo que pasó; así es la vida. Me arrepiento de cómo actué yo. Todo me superó. No estuve a la altura. Fui una cobarde.
Creía ser mejor persona.
Tras mi regreso, volví a verlo una sola una vez. Pasaran cuatro años desde nuestra despedida. Mentira; me marché sin decir nada, sin más, como buenamente pude. Caminaba contigo, eras muy pequeña. Nos dirigíamos al parque, tropezaste casi en la entrada, me agaché para ayudarte y al levantarme, allí estaba él.
Se cruzaron nuestras miradas. La suya, como siempre, intensa. Sonreí como tantas otras veces, guiada por el instinto del que ve a alguien que quiere. Al momento, mi memoria comenzó a funcionar, todas las emociones vividas, tan extremas, regresaron de repente. Cambié el gesto.
Tú le mirabas de manera hipnótica. Sin decir nada. Nunca entendí tu reacción.
Solo pude decir: “Me alegra verte”.
Nos marchamos.
Soy una cobarde, lo sé.
Nunca llegué a saber por qué estaba en aquel parque. No me lo explico. Nada había que le ligase a esta ciudad. Nunca lo sabré.
Lo vi muchas más veces en mis sueños.
Uno se repetía continuamente. Estaba retenida en una decrépita cárcel. Debía pagar mi condena, pero el precio era demasiado alto. En la celda contigua estaba él. Eternamente estaría ahí, frente a mí. Encontraba en mi celda una pistola. No quería matarlo.
Tenía miedo. Agarraba con fuerza el arma y la llevaba hacia mi cabeza.
No quería morir. Dejaba tantas cosas atrás. Pero debía hacerlo, abandonar aquella pena que me perseguía. Acabar con aquel terrible dolor era la única solución. La culpa. Salir por fin de aquel agujero…respirar.
El cañón se hundía levemente en la sien.
Apretaba los dientes mientras lloraba.
Apreté el gatillo.
Pero no moría.
Disparaba mientras fragmentos mi cabeza volaban por los aires.
Pero no me moría.
Disparaba, disparaba, disparaba…pero daba igual, la vergüenza me acompañaría para la eternidad.
Lara, la pasada noche he vuelto a tener este sueño.
……………………………………………………………………………………………………………………………………
Eran casi las once de la noche. Ana abrió la ventana de la sala. Hacía frío. No lo notaba. Tampoco quiso encender un cigarro. Su respiración comenzó a acelerarse. De la habitación de Lara no salía sonido alguno.
Comenzó a llorar.
Desconsolada.
Sus incontrolados gemidos hicieron que no escuchase el sonido que provenía de la puerta de entrada. Tampoco escuchó los pasos avanzando por el pasillo. Permanecía sumergida en su mundo.
Lo que sí percibió fueron las manos que por la espalda le agarraron el cuello. Suavemente, pero con firmeza.
Ni se inmutó.
-          ¿Qué te pasa Ana? ¿Por qué lloras? - preguntó Marco con un susurro.
-          No puedo. No puedo. No puedo más- contestó Ana entre sollozos.
Ana se giró. Miró a los ojos de su marido y lo abrazó mientras escupía todo su mundo interior.
-          Estoy sola, Marco. No es culpa tuya, lo sé. Tu trabajo durante el día, tus estudios hasta la noche sé que lo ocupan todo- dijo nerviosa.
-          Pero ya lo hemos hablado, es importante que uno de los dos tenga algo estable. ¿Quieres que deje de preparar las oposiciones?
-          ¡No! ¡No! Decidí ser yo quien me encargase de la niña. Pero…
-          Ana, yo también os echo de menos. No sabes cuánto.
 Apenas había distancia entre ellos.
-          Pero hay tantas cosas que no sabes…- dijo Ana en ritmo descendente.
-          Cuéntamelo, por favor.
-          Marco, quiero que me escuches. Solo que me escuches.
Ana se sentó frente a su marido, le cogió las manos mientras le confesaba que estaba embarazada. En tono lento y sosegado le transmitía sus dudas, sus preocupaciones. Por traer a otro niño a este mundo, en una situación tan precaria como la que vivían.
Marco obedecía a su mujer y permanecía en silencio mientras apretaba con fuerza las manos de su compañera.
Ella continuaba hablando. No quería parar. Quería vaciarse. Expulsar de ella todos sus miedos, sus vergüenzas, sus temores.
Le habló de él. Por fin salía de su interior aquella historia del pasado que la perseguía dondequiera que fuese.
Pidió perdón un millón de veces. No podía seguir viviendo con esa carga a sus espaldas. Un peso tan terrible que, a cada paso que avanzaba, la iba hundiendo un poco más, un poco más, un poco más.
Marco dijo que en aquella época no solo era ella la que estaba alejada, fuera de la relación.
Las horas seguían pasando y hablaron, hablaron y se escucharon.
Se miraban.
Se encontraron en un lugar tan cercano, que hacía tiempo que no visitaban. Tan cercano que si no es frecuentado, no existe, no es real.
Se habían querido.
Se querían.
Se abrazaron.
Ana le mostró el video grabado por su hija.
“Sin darme cuenta… te he matado.
Te echo mucho de menos.
Lo siento…”
Marco, al escucharlo, comenzó a llorar.
-          Tenemos una hija maravillosa, Ana. Algo bueno debemos de estar haciendo.
-          Sí, sí…lo es…Somos buenos padres, Marco- decía mientras las lágrimas, otro tipo de lágrimas, volvían resbalar por sus mejillas.
Se acostaron tarde. A la mañana tendrían, como siempre, que madrugar.
No les importó.
………………………………………………………………………………………………………………….
Ana, aquella noche, soñó de nuevo con él.
Aparecía desde un fondo indefinible cargado con multitud de objetos. Con una increíble naturalidad los portaba, como si la gravedad no tuviese fuerza en aquellos parajes.
Uno a uno se los entregaba a Ana. Ella sabía que todo era suyo. Sus posesiones, sus recuerdos, sus sentimientos, sus acciones…
Los acariciaba con máximo cuidado, mimo, delicadeza. Mientras, él marchaba lentamente. Ana no miraba hacia donde se dirigía.
Permanecía sentada; tranquila.
A las cinco de la madrugada, sin motivo alguno, se despertó. Aliviada. Acercó su cuerpo al de Marco.
Pensó en su vida, en el futuro de la familia, en el nuevo ser que aún estaba iniciando su formación dentro de su cuerpo.
Marco percibió a su mujer y comenzó a tocar su aún terso vientre.
Ana lo abrazó por la espalda, sin intención de quedarse dormida.
-          Te quiero, Ana.
-          Nos queremos, Marco.
……………………………………………………………………………………………………………………………………..


Epílogo

Lara se despertó a las seis de la mañana.
Se incorporó, desvelada, con los ojos como platos.
En la esquina de su cama estaba su tablet. Le pareció extraño. Sus padres nunca la dejaban ahí. Los videos de papá eran para los desayunos.
La encendió.
En la esquina del escritorio encontró un nuevo video. Le dio a reproducir.
     - Hola Lara.
    - Hola mona.
Se asustó. ¿También mamá…? No era justo.
-          Bueno…aquí nos ves a los dos, metiditos en esta pequeña pantalla.
Lara paró la reproducción. Salió corriendo a la habitación de sus padres. Abrió lentamente la puerta y allí vio a la pareja. Abrazados.
Aliviada, regresó con sigilo a su guarida y reprodujo de nuevo la grabación.
-          Lara, queremos compartir algo contigo. Se trata de algo muy grande y muy pequeño a la vez…
-          Más grande que pequeño.
-          Lara, vas a tener un hermanito.
-          O hermanita.
La boca de la niña comenzó a abrirse irremediablemente.
-          Todavía no se lo puedes contar a nadie. Es demasiado pronto.
-          Queríamos decírtelo los dos juntos. Sabemos que ahora mismo no pasamos todo el tiempo que deseamos en familia; pero estate segura que esto va a cambiar.
-          Deseamos que te alegres, tanto como nosotros.
-          Ah, otra cosa: si es niño, aún no sabemos cómo llamarlo, a ver si nos puedes ayudar. Pero…si es niña, ya le hemos puesto nombre.
-          Esperamos que te guste.
-          Si es niña, se llamará Esperanza.
-          Un beso, Lara.
La niña se levantó. Lentamente, regresó a la habitación de sus padres. Mientras avanzaba por el pasillo, comenzó a surgir de ella un llanto que derivó en una fuente de lágrimas. Abrió la puerta del dormitorio entre sollozos.
-          ¿Qué ocurre Lara? ¿Qué te pasa?
-          Esperanza, Esperanza…me encanta- decía la niña sorbiendo sus últimas lágrimas.
Lo que quedaba de noche, la pasaron todos juntos.
Marco y Ana en los extremos de la cama, Lara entre ellos.
Esperanza los acompañaba en su interior.