La caza (2012)
Conocí a Thomas Vinterberg, danés de 55 años, en el año 98
gracias a Celebración. Muchos jóvenes de aquella época, yo incluido,
hambrientos de cine, devorábamos clásicos y alucinábamos al conocer propuestas
artísticas como la de David Lynch. Apareció, de repente, el movimiento Dogma
95. Celebración, primer trabajo de Vinterberg, fundador junto a
Lars Von Trier del citado movimiento, posee uno de los giros emocionales más
fuertes que he visto en el séptimo arte. Nuestra generación quedó marcada por
ella para siempre. Otra ronda (2020), su última joya, nos metía un chute
de vitalidad impresionante. Nos presentaba a un grupo de cincuentones, con una
fuerte crisis existencialista, que abrazan el alcohol como forma de recuperar
la chispa perdida. Fue grabada a golpe de corazón, tras la muerte de su joven
hija en un accidente. Entre estos peliculones, para mí obras maestras, estrenó La
caza (2012), quizás su obra más completa y compleja.
Lucas (Mads Mikkelsen) es maestro en una escuela infantil. Su alumnado le
adora, sus compañeras también. Cuarentón, divorciado, está reconstruyendo su
vida tras una complicada separación. Comienza a salir con una compañera de
trabajo. Se gustan mucho. Su hijo, adolescente, por fin va a vivir con él. Todo
comienza a encauzarse. De repente, en un suspiro, el equilibrio se rompe.
Ocurre lo peor. Una alumna muy pequeña de la escuela, con un afecto tremendo
por Lucas, confundida, hija de su mejor amigo, le cuenta a otra maestra que le
ha visto el pene y que este apuntaba hacia el cielo. En realidad, había visto
un video porno de su hermano mayor. En la escuela, tras escucharla, la
directora ejecuta el protocolo de abusos sexuales. Lo hace mal, muy mal, fatal.
El centro se encamina en un ir, sí o sí, hacia adelante, sin dar opción al
hecho de que, quizás, no sean ciertas las palabras de la pequeña. Las
entrevistas a la niña son pésimas. La guían y ella se pierde entre su mentira y
la verdad que le dicen los adultos que ha ocurrido. Un desastre. Se señala a
Lucas como culpable, con celeridad, sin reflexión. Lo hacen público incluso
antes de llamar a las autoridades. Toda la comunidad comienza a posicionarse.
Ejercen de policías, de jueces, de torturadores, sin que haya comenzado un
juicio real. De un día para otro, el resto del alumnado también fue abusado por
Lucas. Está solo. La niña, ante la presión, se encuentra perdida. No sabe
separarse de todas las locuras que ocurren a su alrededor. Por no haber ningún
indicio de abuso sexual, por no ser coherentes los relatos, Lucas es puesto en
libertad. No importa. El juicio paralelo que se ha dado en su comunidad lo ha
perdido y a partir de ahora comenzará lo peor. Será señalado. Para siempre. Deberá
convivir eternamente con esa duda que tiene el resto de vecinos sobre él.
Lucas, como si se tratase de un venado, ha estado y estará para siempre en el
punto de mira de los cazadores.
Vinterberg, hace más de diez años, acertó plenamente en su propuesta, anticipándose
a lo que, hoy por hoy, se ha magnificado gracias a las redes sociales. En
ellas, una acusación da lugar a una lapidación casi inmediata, antes de que se
haya comprobado o no la veracidad de los hechos. Lo más terrible es que, al
igual que ocurre en La caza, si se demuestra la inocencia del acusado,
siempre quedará la sospecha, la duda sobre él y para muchos seguirá siendo
culpable. Terrible. En la época Covid veíamos como vecinos gritaban desde sus
ventanas a la gente que veían por las calles. Yo, que tengo perro, en alguna
ocasión los padecí. En la visionaria obra de Orwell, 1984, nos encontrábamos
una sociedad llena de cámaras para que nada se le escapase al “Gran hermano”. Creo
que el autor británico nunca pensó que, quizás, no se necesitasen esas cámaras,
que la presión sobre un ciudadano, en muchas ocasiones, no hace falta que venga
de arriba, sino que en muchas ocasiones el peligro lo tenemos en nuestros iguales,
sean reales, como en La caza, sean virtuales, como lo son en las redes
sociales.
A propósito de la temática de La caza, debo hablar de la lapidación pública a la que se está sometiendo a Karla Sofía Gascón, protagonista de la buena película Emilia Pérez, de la cual ya he realizado crónica en este diario. Todo viene a cuento de unos tweets de la actriz, publicados hace unos años, de carácter racista y clasista. A mí, sus comentarios, no me gustan nada. Aun así, la violencia de los mensajes hacia ella y la imposibilidad de competir por la estatuilla debido a ellos, cuando se supone que lo que se valora es si la actuación merece el premio, me parece una barbaridad, toda fuera de lugar. Lo que dijo, tristemente, se escucha casi a diario, en el mundo real, en la calle…Puede salir de la boca de alguno de nuestros amigos, quizás de nuestros compañeros de trabajo… La ignorancia, que yo sepa, de momento no es un delito. Yo no comparto esas ideas, pero comparto todavía menos la opción de convertirme en juez y verdugo, del señalamiento, de la aplicación popular de una mal llamada justicia donde todo vale. Así, mal vamos.
Para finalizar, remarcar que Vinterberg supo, con La caza, entender su presente y anticiparse, de alguna manera, a lo que venía. Además, nos regaló una de las mejores interpretaciones de, sin duda, uno de los mejores actores vivos que existe, el gran Mad Mikkelsen. Su mirada dice tantas cosas…Sabe convertirse en Lucas, entenderlo y, como gran actor que es, llevarnos de la mano a lo largo de la historia, haciendo que suframos con las desdichas del personaje que interpreta. Un grande.