sábado, 10 de agosto de 2024

Mañana será otro día. Capítulo 29: Tiburón.

 

Tiburón (1975)

El 5 de julio de 1974, tres hombres salían del puerto de Amity a cazar un tiburón a bordo de la embarcación “Orca”. No era un tiburón cualquiera. Era un tiburón blanco de 8 metros y tres toneladas que, hace casi 50 años, cambió la imagen de este noble animal convirtiéndolo, casi al instante, en un auténtico monstruo.

Todo es icónico en Jaws (sí, la traducción del nombre original es mandíbulas, pero aquí se estrenó como Tiburón y ya nos es imposible asociarla a otro nombre). Antes de nada, su director, de aquella casi un novato, llamado Steven Spielberg. Había rodado para cine Loca evasión, pero ya antes había destacado en algunos capítulos de la mega conocida serie Colombo y sobre todo con su telefilme Duel, aquí llamada El diablo sobre ruedas (1971), una auténtica joya, cercana, en muchos aspectos, a la película que hoy os traigo a esta sección cinematográfica.

Steven había cogido la novela homónima del escritor Peter Benchley, que había salido en 1974 creando sensación. La había ido desmenuzando hasta apenas conservar la última parte de esta, es decir, donde los protagonistas se introducen en el océano en busca del tiburón que, poco a poco, se había estado merendando a los habitantes de la isla de Amity. Esta última parte de la historia contiene una épica muy cercana a la de clásicos como Moby Dick (Melville) o El viejo y el mar (Hemingway).

La película comienza con el jefe de la policía de la localidad, Brody (Roy Scheider). Está realmente preocupado por los ataques que están sufriendo los bañistas de su isla. Quiere cerrar las playas, pero el alcalde no le deja. La localidad vive del turismo estacional y sería una catástrofe económica. Brody le tiene pánico al mar. En un momento dado le preguntan por qué con semejante miedo vive entonces en una isla. Él responde que solo si estás en el mar se sabe que es una isla. Tiene razón. El enorme pez sigue atacando y este hecho atrae a la zona al biólogo especialista Hooper (interpretado por un jovencísimo Richard Dreyfuss) y a un caza tiburones, prácticamente un pirata de antaño, llamado Quint (Robert Shaw).

Tenemos ante nosotros dos películas en una. En la primera veremos los entramados políticos que impiden a Brody salvar la vida de sus vecinos. También, poco a poco, gracias a la música de John Williams, iremos conociendo a ese nuevo asesino de colmillos puntiagudos. La melodía de Tiburón es de las melodías más reconocibles del séptimo arte. Spielberg, en esta primera parte de la película, demuestra ser un alumno aventajado de Alfred Hitchcock. No nos muestra al animal. Da más miedo una puerta entreabierta, lo que nos imaginamos tras ella, que el hecho de abrirla por completo y presenciar a la criatura. La imaginación humana es portentosa. En casi todos los ataques, nosotros somos, de manera subjetiva, el animal. Crea así incómodas imágenes repetidas hasta la saciedad en el futuro. Un contrapicado dentro del mar, a partir del estreno de Tiburón, significará ya para siempre peligro. Nuestro cerebro más primitivo nos indicará que esas juguetonas piernas pueden desaparecer de un momento a otro. También encontramos, en una escena en la playa de lo más paranoica, un zoom inverso del rostro del sheriff Brody al estilo de Vértigo. Brutal.

La segunda parte de la película nos dirige al océano. Spielberg conoció así, de primera mano, la locura de rodar en mar abierto y no en un estudio (Kevin Costner repetiría experiencia en Waterworld y, de alguna manera, acabaría con la carrera que tenía hasta ese momento). Se eternizó el rodaje y las maquetas de los tiburones se estropeaban constantemente. Mejor. Los problemas los convirtió en virtudes. Apenas mostró el tiburón al final de la película y este hecho la hace especial.

A bordo del barco del pirata Quint, “Orca”, nos adentraremos en el océano en busca de ese monstruo que acecha la costa de Amity y que, a partir del estreno del film, habitará en las pesadillas de tantos y tantos espectadores.

Antes de la caza, Brody, Quint y Hooper se emborrachan. Es la calma que precede al temporal. Quint y Hooper en un momento de hombría se enseñan sus cicatrices. La más dolorosa, dice Hooper, se la hizo una mujer que le arrancó de cuajo el corazón. Quint les cuenta un suceso que le ocurrió al regresar de transportar la bomba atómica en la segunda guerra mundial. Se encontraba bordo del acorazado Indianápolis. El barco fue abatido por un submarino japonés y 1200 hombres cayeron al mar, en espera de auxilio. Al rescate solamente llegaron los tiburones. 800 hombres fueron devorados en los días posteriores al hundimiento del barco. Él fue uno de los pocos supervivientes. Quint se recrea mientras nos cuenta tan fatídica experiencia. Odia a los tiburones desde aquella y ha dedicado su vida a cazarlos sin contemplación. Es algo personal. La que cuenta es una historia real, por cierto.

A partir de aquí la guerra contra ese fenómeno de la Naturaleza, convertido en monstruo desde el estreno de la película hace casi 50 años. El cartel, también icónico, lo seguimos llevando en nuestras camisetas. Tras Tiburón se realizaron infinidad de películas de animales asesinos; ninguna tan buena como de la que hablamos.

El 5 de julio de 1974, tres hombres salían del puerto de Amity. Lograron matar al tiburón, pero, de alguna manera, crearon un monstruo.

Tras el estreno de la película cambiaron dos asuntos. El primero fue que Steven Spielberg se convirtió en el director más deseado para los estudios. Tendría, a partir de ese momento, carta blanca para lo que quisiese hacer. El presupuesto ya no iba a tener ningún tipo de límite. Había convertido 13 millones de dólares de la época en casi 500. Todo lo que tocaba se convertía en oro. Con este éxito comenzó a pensar en extraterrestres…Encuentros en la tercera fase sería su siguiente película, también con Richard Dreyfuss. El segundo cambio, tras Tiburón, le pertenece a la industria de Hollywood. Hicieron una gran promoción de la película que incluía infinidad de merchandising y multitud de anuncios televisivos. A partir de este estreno veraniego, todos los años, la industria, tiene preparado un lote de películas que pelean por ser la película del verano.

Tiburón, un clásico entre los clásicos.

 








 

Mañana será otro día. Capítulo 28: De naturaleza violenta.

 

De naturaleza violenta

El primer largometraje del director Crish Nash se encuentra en nuestras salas de cine. De naturaleza violenta es y a la vez no es lo que parece. Ante nosotros, todos los elementos de un Slasher clásico, género que arrasó en los 70 y 80 con sagas como las de La matanza de Texas, Halloween, Viernes 13… y en el que Wes Craven supo imprimir un nuevo barniz en los años 90 con la saga Scream. Hagamos memoria. Las características comunes a todos los Slasher (subgénero destacado dentro del cine de terror) suelen ser las siguientes:  tenemos un asesino psicópata (puede poseer elementos sobrenaturales o no) que busca venganza de aquellos que en un momento dado lo humillaron o maltrataron. El monstruo, como armas, utiliza su fuerza bruta acompañada de cuchillos, grafios, motosierras o machetes. Es decir, maquinaria de andar por casa. No nos olvidemos que, en general, una máscara cubre su rostro. ¿Quiénes suelen ser sus víctimas? Generalmente quienes sufren las ansias del sanguinario carnicero son jóvenes adolescentes que pasan unos días de fiesta en el bosque, entre escarceos amorosos y consumo de drogas. Los adultos, en los Slasher, siempre tienen papeles secundarios. Por último, tenemos a la “final girl”, la única joven que logra llegar hasta el final de la aventura y se enfrenta cara a cara con el asesino. Ella es la única espabilada del grupo de adolescentes y la única que percibe los peligros, haciéndose cargo de la situación.

De naturaleza violenta comparte cada una de las citadas características. La novedad, en esta ocasión, es que lo que van a ver nuestros ojos es una cara b de los susodichos títulos. El punto de vista que elige el director es justo el contrario al que estamos acostumbrados. Viajaremos, asesinato tras asesinato, junto al “psichokiller”; bien pegaditos a él. Recorreremos juntos cada uno de los 90 minutos de la película. Este nuevo punto de vista cambia radicalmente la propuesta.

Primera escena. Somos testigos del renacer de la bestia. Se despierta de un largo letargo debido a la majadería que han realizado los jóvenes de turno. A ellos los escuchamos fuera de plano. Tienen conversaciones entre divertidas y estúpidas propias del género. Pero no, esta vez no estamos con ellos. Viajamos a la espalda del homicida. Avanzamos junto a él con sus pesados pasos (este hecho se puede hacer un poco tedioso, sobre todo al comienzo de la película, pero no deja de ser un recurso original y peculiar) y llegaremos así al campamento de la chavalada para ser testigos de la matanza. Nunca, esta historia mil veces contada, la habíamos visto de este modo.

En los Slasher, generalmente, el terror, el miedo, nos llega por sorpresa. Compartimos estancia con los niñatos de turno, reímos sus gracias y “¡zas!”, de una manera u otra aparece el psicópata por donde menos te lo esperas para consumar el asesinato y darnos, a nosotros, un buen susto. De naturaleza violenta no juega a eso. Nosotros, esta vez del otro lado de la historia, observamos al monstruo, aunque sea lento, torpe y feo es mucho más “profesional” de lo que pueda parecer en un principio. Veremos la extraña vida que lleva, marcada por su insaciable instinto criminal. Nos sorprenderá con elaboradas tácticas de caza humana, ensayadas y bien elaboradas después de tanta práctica. ¿Dónde se encuentra entonces el terror? En su crudeza. El director, cuando el asesino consuma sus actos, nos presenta la escena en cámara fija, de una forma absolutamente naturalista que genera angustia en el espectador, aderezado con un mayúsculo gore pocas veces visto en salas de cine convencionales.

De naturaleza violenta me ha parecido un film muy original. La tensión se genera muy poco a poco y nos ofrece un punto de visto nuevo; rompedor. Su narrativa, en ocasiones, se parece mucho a la de los videojuegos en primera persona, donde seguimos al protagonista y escuchamos las conversaciones de los secundarios fuera del campo de visión. Esos diálogos en segundo plano nos cuentan la historia, pues evidentemente el monstruo no habla. Hay algo peculiar en la película que nos lleva a sentir lástima por semejante bicho. El director sabe generar muy poco a poco su mitología y los espectadores que tengan paciencia y no desesperen por el, en ocasiones, tedioso ritmo, la van a disfrutar.

De todas formas, de informar que De naturaleza violenta es una película con un alto grado de violencia. Tiene escenas realmente fuertes no aptas para todos los estómagos. Añadir que la película nunca va en la línea de lo que el espectador se espera. Yo lo valoro, pero entiendo que pueda decepcionar a muchos jóvenes que acudan a las salas en busca de una película frenética, llena de ritmo, entretenimiento y diversión. Su hiperrealismo hace que la propuesta se mueva en terrenos diferentes. Sin duda, es para muy cafeteros, para quienes deseen acercarse a un proyecto humilde pero muy original el cual innova un subgénero que parecía agotado de tanto uso.

Yo no esperaba nada de ella y la he disfrutado. Tiene imperfecciones, sobre todo con el ritmo, pero sin duda muchos más puntos a favor. Sin duda una película a tener en cuenta, así como uno de los mejores estrenos de terror de este 2024.

lunes, 22 de julio de 2024

Mañana será otro día. Capítulo 27: El castillo ambulante.

 

El castillo ambulante (2004)

Regresa a las pantallas de nuestros cines la maravillosa película de animación, realizada por el genio Miyazaki, El castillo ambulante. A dos décadas de su estreno, la distribuidora Vértigo films ha decidido reestrenarla en salas por su aniversario, como hizo hace pocas semanas con otro clásico del director: Nausicaa del valle del viento (en el caso de esta película eran 40 los años cumplidos).

Un año después del éxito de Nausicaa, en 1985, Hayao Miyazaki y su amigo Isao Takahata fundan los estudios Ghibli, los estudios de animación más famosos en todo el mundo oriental. Takahata nos había traído a nuestros ochenteros televisores series que nos hicieron reír y llorar como Heidi y Marco. Marca de la casa. Todo el mundo, con una edad, las ha visto y pocas de estas personas saben el nombre de su autor.

Los dos artistas, con el paso del tiempo, han ido sacando sus obras bajo el paraguas del estudio Ghibli. Mis favoritas de Miyazaki son Mi vecino Totoro(1988), La princesa Mononoke (1997) y El viaje de Chihiro(2001). De Takahata lo tengo claro. Hay un filme que destaca en su filmografía. Su visionado lo considero fundamental para comprender lo que supone una guerra y sus consecuencias. Estoy hablando de La tumba de las luciérnagas (1988). Este filme, tan lleno de amor como de dureza y tristeza, fue estrenado en su momento en sesiones dobles junto a Mi vecino Totoro, la obra más amable de los estudios Ghibli. No sé a quién se le ocurrió, la verdad. Las caras de los pobres espectadores (no quiero pensar en la de los más pequeños de las salas) al finalizar la sesión debieron de ser un poema. En mi opinión, sin duda, es un filme necesario, una obra maestra del cine y de la animación. Aun así, debe de ser visto a una edad donde haya suficiente madurez (hacia los 12 años) y acompañado de una persona adulta, que con anterioridad haya visto la película. Un infante no debe recorrer el viaje (hacia la muerte) de Seita y Setsuko en soledad.  El adulto debe estar junto a él para responder a las preguntas que vayan surgiendo al verla. La tumba de las luciérnagas requiere de diálogo y reflexión para que la experiencia no se convierta en traumática. Si Pixar hace películas tanto para niños como para adultos desde hace unos cuantos años, Ghibli las ha realizado desde su fundación.

Miyazaki, en la edición del 2002, había ganado el Óscar a la mejor película de animación por El viaje de Chihiro. Estaba en la cima de su carrera. El castillo ambulante, su siguiente trabajo, apenas estrenado dos años después de Chihiro, comparte ideas con su hermana mayor. Si el anterior filme de Miyazaki bebía con claridad de Alicia en el país de las maravillas, en este caso la historia de referencia es El mago de Oz. Encontramos al mago Howl al que le falta el corazón, un espantapájaros nos acompaña en determinados momentos de la aventura y también está la bruja del páramo.

Sophie es una joven sombrerera. Un día se cruza con la bruja del páramo y esta le lanza un hechizo que la convierte en una anciana de casi 90 años. Así comienzan las aventuras de Sophie, en busca de su juventud perdida. Es patético encontrarse a personas intentando recuperar una juventud que no disfrutaron (podrás cambiar de vida, tener diferentes experiencias, … pero los tiempos de cuerpos tersos y sin arrugas nunca van a volver), pero es más triste ver a la pobre Sophie en la búsqueda de una juventud que nunca tuvo, que no pudo disfrutar porque se la han arrebatado. Por este motivo se dirige al castillo ambulante de Howl, conocido mago de un mundo imaginario con sorprendentes máquinas futuristas que funcionan a vapor.

Como siempre, en las historias de Miyazaki, el género de los protagonistas no los definirá. Sophie es mujer. En ocasiones es una aventurera, en otras tiene miedo. A veces es simpática, a veces insoportable. Howl es egocéntrico, caprichoso, pero también bueno y honorable. Hasta la bruja del páramo, que se nos presenta como malvada, tiene sus aspectos positivos y será parte fundamental de toda la historia. Miyazaki nos regala en sus apasionantes mundos personajes tan mágicos como imperfectos. Como la vida misma…Los que parecen enemigos para siempre…se ayudan y se protegen. Hayao Miyazaki es un ser humano impresionante. Desprende humanidad por cada uno de sus poros. Sus películas nos enternecen y nos enseñan la magia que también habita en nuestro mundo y, sobre todo, en las personas que formamos parte de él.

El castillo ambulante es de las mejores películas de los estudios Ghibli. Una joya que, sin duda, vale la pena disfrutar de nuevo en pantalla grande. Si no está en el altar de las otras producciones anteriormente citadas, es por poco, medio peldaño por debajo; sin más. Además, como en casi cada una de las películas de Miyazaki, cuenta con la impresionante música del compositor Joe Hishaisi, el “Ennio Morricone asiático” que sabe tocar todos los géneros y que, siempre sale triunfador de la tarea en la que se ha sumergido. Hishaisi ha sabido meternos en los mundos oníricos del maestro Miyazaki, tanto como lo hizo en las películas de mafia de otro maestro japonés como es Takeshi Kitano. Qué grande.

Para finalizar, recomendaros también el visionado de El chico y la garza (2023), la última película del maestro Miyazaki en la que, de alguna manera, revisa toda su obra y en la que incluso se concede uno de los papeles protagonistas.

Y decían que los dibujos animados eran para niños…