domingo, 2 de junio de 2024

Mañana será otro día. Capítulo 20: Furiosa.

Furiosa

Soy hijo de Mad Max, lo reconozco. La primera película de la saga, “Salvajes de la autopista”, salió en 1979, mismo año que yo salía del vientre de mi madre. Evidentemente, no conocí a Mad ese año, pero la primera trilogía de esta exitosa saga australiana fue carne de videoclub de los ochenta y fue puesta mil veces en las televisiones públicas. Más tarde, a partir del 90, también en las privadas. Imposible escapar de ellas.

Yo, como tantos niños de mi época, he visto grandes clásicos de acción desde muy pequeño. Con el tiempo sigo adorando muchos de ellos: Robocop, Operación dragón, Terminator, Desafío total…y por supuesto toda la saga de Mad Max. También he visto, siendo muy joven, auténtica basura parafascista como Cobra o la saga al completo de un casi anciano Charles Bronson, Yo soy la justicia. Eran otros tiempos, sin duda. Tendría unos diez años y las veía con mi padre. Ninguno de aquellos visionados me ha convertido en una persona violenta, en un vengador sin ley ni justicia o me ha aportado valores reaccionarios. Evidentemente, no solo veía este tipo de cine, absorbí de todo desde muy pequeño y muchas de ellas continúan siendo referencias para mi vida. En mi niñez también pude disfrutar (y sufrir, que en el cine, como en la vida, no son todo risas) con obras maestras de sus géneros como Cuenta conmigo, Cuando el viento sopla, Rebelión en la granja o Perro blanco (dios mío, recuerdo a la perfección la noche, casi madrugada, en la que un Miguel Castro de 11 años junto a su primo pequeño la vio en el programa de José Luis Balbín llamado La clave. Me dejó marcado).

Digo todo esto porque, en mi opinión, nos estamos pasando un poquito con la sobreprotección a nuestros menores en cuanto al visionado de determinado material. Lo esencial son y serán los valores y las enseñanzas que nos otorgue nuestra familia y las personas más allegadas. Yo tuve muchísima suerte en ese terreno.

Max Max, sin duda, es una de las mejores sagas de acción de la historia del cine. En 1979 apareció en escena esta tremenda distopía y, en poco tiempo, se convirtió la película más rentable de la historia del cine (hasta la llegada, décadas después, de El proyecto de la bruja de Blair). Con un presupuesto de 350.000 dólares logró recaudar 100 millones. Qué bárbaro. Nos descubrió a su director, George Miller, el cual ha destacado por sus cinco proyectos centrados en este universo y por la muy notable El aceite de la vida (qué bonita). También nos presentó a un grande del cine moderno que ha sabido desarrollar una magnífica carrera tanto de actor como de director: Mel Gibson. Artista que ha sabido reinventarse en multitud de ocasiones, siempre aportando una marca muy personal a toda su obra. La saga de Mad Max me recuerda, de alguna manera, a la de Rambo. En serio, no lo digo de coña (siendo en conjunto muy superior la de Max, por supuesto). La primera de John Rambo, Acorralado, era como la primera peli de Mad, un notable drama de acción y aventuras. Lo que pasa el amigo Max con su familia…no tiene nombre. Película con un gran nervio, con persecuciones a cámara rápida, pandillas de matones y policías que todavía mantienen alguna ley. A partir de la segunda, en ambas sagas, ya aparece un nuevo universo absolutamente loco y rompedor. En Mad Max 2, El guerrero de la carretera, aparecía ante nosotros un futuro postnuclear absolutamente caótico donde ya no había ni carreteras. Las tribus que lo pueblan, repletas de locos, persiguen con afán el gran premio que es la gasolina. Es, de las cinco, mi favorita. Miller concibió un increíble universo, mil veces copiado a posteriori. En la tercera, mucho más familiar, pero también divertida, Mel Gibson compartía la cúpula del trueno con Tina Turner (la primera vez que la vi cantar en la tele dije: “¡mira, la de Mad Max!”). Qué bizarrada. Era el año 1985 y la saga parecía acabada.

De repente, el mismo George Miller, 30 años después, en el 2015, reinventaba todo su cosmos y ya sin el amigo Mel Gibson (Tom Hardy lo sustituía) nos brindaba una hiperbolizada película de acción y espectáculo donde no había un segundo de respiro. Las dos horas de metraje eran casi, en exclusiva, una grandísima persecución. Magistral. Renovaba el género. La fotografía preciosa, los personajes tan minimalistas como perfectamente diseñados… ¿Para qué iban a hablar? Todo era más grande y más atractivo.  En ella se nos presentaba el personaje de Furiosa (de aquella, Charlize Theron) Ahora, en el 2024, encontramos en nuestras salas la historia de este personaje femenino.

A diferencia de Fury Road, Furiosa no es una persecución. Nos cuenta toda una vida desde la niñez de la protagonista, es decir, desde que le quitan todo, hasta el comienzo de lo que vimos en Fury Road. Una precuela perfectamente ejecutada. Dividida en 5 capítulos e interpretada por dos de los actores del momento, Anya Taylor-Joy y Chris Hemsworth (mega maquillado), tiene un esquema clásico de camino del héroe. Creceremos con la protagonista y comprenderemos, por fin, por qué Furiosa se mostraba cargada de rabia en el anterior film. Evidentemente, siendo una precuela de la citada, se acerca al mismo universo de la película del 2015 (siendo el mismo que la primera trilogía de los 80, pero a su vez diferente en la estética). Lo amplía claramente. Entendemos mejor sus mitos y misticismos (increíble la adoración a una motocicleta clásica) y conocemos personajes importantes que comparten espacio con la protagonista, como el hombre-historia que parece “hijo”, directamente, de aquellos hombres-libros inventados por Ray Bradbury en su Fahrenheit 451.

Como dije anteriormente, en una saga donde no hay manzana podrida, había dos obras magistrales que son Mad Max 2 y Fury Road. Pienso que sigue siendo así, pues esta Furiosa no llega a la excelencia de estas, en ocasiones un poco mermada por puntuales desequilibrios en la narración y en el ritmo. Aun un así, en todo momento es interesante y entretenida.

Utiliza muchos efectos digitales, pero no estorban. De primeras llaman la atención, hacen que te frotes un tanto los ojos por ver el método utilizado, pero creo que en general están muy bien, son agradables y no desentonan. Cuando pone la quinta velocidad, lo da todo. Algunas de sus escenas, trepidantes, son para sacarse el sombrero, adrenalina pura de la que esperábamos. En ellas logra igualar a la anterior película de la saga.

Como conclusión decir que Mad Max sigue muy en forma y que su director, George Miller, a sus 78 años, ha ampliado su universo postapocalíptico de una manera notable. Furiosa es un filme siempre disfrutable.

Si te gusta este género, es imprescindible que Furiosa vayas a verla al cine. Entiendo que otro tipo de películas se puedan ver cómodamente en nuestros sofás pero, una como esta, es una pena no disfrutarla en pantalla grande junto a un refresco y a unas palomitas.


 

domingo, 26 de mayo de 2024

Mañana será otro día. Capítulo 19: Dejad paso al mañana (1937)

 


Dejad paso al mañana (1937)

Cuando te enfrentas a un clásico no solo te paras a observar la obra. Con la película viajamos a la época en la que fue grabada para poder así comprender correctamente los códigos, los mensajes, el momento histórico .... Algunos grandes filmes han envejecido mal por este hecho, pues resulta imposible empatizar con personajes o situaciones desde nuestros ojos asentados en la actualidad. Un ejemplo de esto sería el personaje de Mcmurphy (Jack Nicholson) en Alguien voló sobre el nido del cuco. Nos acercamos a sus penurias, a la injusticia que vive tras las murallas del terrible manicomio donde acabará siendo lobomotizado…Al fin y al cabo el “pobre” solo se había hecho pasar por “loco” para reducir la pena que le habían impuesto. Mcmurphy había sido condenado por haber violado a una muchacha de 15 años (por cierto, no era la primera vez). Ahora, por suerte, con una temática similar, el personaje nos produciría rechazo automático desde el primer instante.

Los años pasan y no siempre para mal.

Pues bien, la película que hoy os traigo a esta sección dominical, aunque esté cerca de cumplir 90 añazos, toca un tema muy vigente hoy en día: la vejez y las dificultades que esta entraña. Está dirigida por uno de los grandes directores de la historia del cine: Leo McCarey. No sé muy bien por qué no es tan recordado como Billy Wilder, Frank Capra o John Ford, aunque tenga en su haber 3 premios Óscar de la Academia y cuente en su filmografía con un puñado de obras maestras como Sopa de gansos (1933), sí, la de los hermanos Marx, Tú y yo (1939) o Algo para recordar(1957), que viene siendo la misma película con 20 años de diferencia y que originó el mito de pedir matrimonio en lo alto del Empire State (también diría que sentó las bases de la moderna comedia romántica). Preciosas también las dos partes de las andanzas de ese cura progresista, generoso y amable, llamado Chuck O´Malley el cual conocimos en Siguiendo mi camino ( 1944) y en Las campanas de Santa María (1945).  Por cierto, cuando George Bailey (James Stewart) corre desenfrenado hacia su hogar, en la parte final de Qué bello es vivir (1946, Frank Capra), pasa por delante de un cine donde podemos ver el cartel de la película de Las campanas de Santa María. Sin duda, Frank Capra y Leo McCarey eran de la misma escuela.

Pues bien, hablemos un poco de la joya que hoy os traigo. Una pareja de ancianos se ven inmersos en el otoño de su vida en una situación nunca antes imaginada. Él lleva cuatro años sin trabajar y la pareja se queda sin su casa de toda la vida. Sí, hablamos de un desahucio de unos ancianos generado por un banco.  El anciano lo interpreta Victor Moore, el cual tenía 62 años en el momento de la grabación. Ella, la actriz Beulah Bondi tenía 49 años (ups).  Gran trabajo de caracterización, sin duda.

Reúnen a sus hijos para contarles la situación. También para pedirles un lugar donde alojarse los años que les quedan. Sus hijos, incrédulos, entienden que, de alguna manera, este hecho les trastoca sus vidas. Para sorpresa de la pareja de ancianos, sus hijos no les ofrecen la posibilidad de ir a vivir juntos, sino que se irán a casas diferentes, con diferentes hijos, a más de 500 km de distancia. Después de más de 50 años de casados se ven abocados a la separación. Ellos asumen la decisión de sus descendientes. No quieren juzgarles. Han depositado su vida en ellos y ahora sus hijos toman las decisiones. Al fin y al cabo, son su proyecto y no quieren pensar que sea fallido.

Todo esto en el primer cuarto de hora de la película. Después de esto, una hora que nos romperá el corazón. Conocemos la nueva vida de los dos ancianos separados a cientos de kilómetros. Ambos son un estorbo para sus hijos. Estos les habían prometido que la separación sería temporal, pero los meses pasan y las comunicaciones apenas son en alguna llamada telefónica (en aquella época carísimas) o por carta. Al anciano se le han roto sus gafas y ya no tiene cómo leerlas. Le pide a su amigo, el tendero (Maurice Moscovich, el cual recordamos en su papel de El gran dictador), que por favor le lea la carta de su mujer. Accede. Ella le cuenta cómo es su vida y cómo su hijo y su nuera la han llevado a conocer un asilo. A ella le pareció terrible, pero su nuera no paraba de decir lo bonito que le parecía. El tendero se rompe y le dice que debe arreglar sus gafas. Prefiere no seguir leyendo. El anciano, a sus 74, decide salir en busca de trabajo, el cual nunca conseguirá. El tendero triste no entiende cómo han podido acabar en esta situación.

La anciana confirma sus sospechas. La van a ingresar en un asilo. Le pide a su hijo que este hecho nunca, nunca, se lo cuente a su padre. Le dice a su hijo: “este será el único secreto que haya tenido con tu padre en toda una vida juntos. No debe enterarse, se le romperá el corazón. No me niegues esto”. El anciano tampoco tendrá buenas noticias. Su hija se ha cansado de él y lo manda a California con otra hermana. Ahora serán miles los kilómetros que los separen.

Saben que con estas decisiones no volverán a verse. Piden a sus hijos un encuentro antes del gran viaje. No habrá más. Lo saben. Tendrán cinco horas juntos para rememorar 50 años de matrimonio. Leo McCarey nos regala magia en la última media hora de metraje. La magia del amor. No es lugar para lloros (solo nosotros lloramos). Ella avisa a su marido de que no quiere que mire el reloj. Se encuentran en Nueva York. 50 años antes habían pasado allí su luna de miel y juntos recrean aquel viaje de ilusión y juventud. Todo es alegría. La alegría de una vida compartida. Hablan de que la felicidad es muy caprichosa. Hay personas que disfrutan al principio de sus vidas, otros al final, otros, poco a poco, a lo largo de los años. Ellos han sido, a pesar de este final, unos privilegiados.

Sentados en la mesa del mismo restaurante que disfrutaron en la luna de miel se enternecen, embriagados por su amor y por el vino. Los vemos de espalda. De fondo, jóvenes parejas bailando. Se van a besar. No lo han hecho durante todo el metraje. Justo cuando sus labios van a juntarse, ella se para. Mira hacia atrás, hacia la cámara, hacia nosotros. Rompe la cuarta pared para decirnos que no, que no se van a besar con público, que eso solo es para ellos.

Tras esta jornada, ya junto al tren, se despiden. Sin decirlo, saben que es para siempre. Se dicen que fue un auténtico placer haberse conocido y un lujo haber podido compartir tantos años juntos. Al fin y al cabo, toda una vida dedicada el uno para el otro. Qué belleza. Ahora sí que se besan. Ya no importa nada ni nadie.

Ese mismo año, 1937, Leo McCarey estrenó en las salas de cine otra película: La pícara puritana. Por ella, McCarey, ganó el Óscar al mejor director. Al recibir el premio dijo: “perdonen, pero se han equivocado de película”.

jueves, 23 de mayo de 2024

Mañana será otro día. Capítulo 18: Los puentes de Madison.

 

Los puentes de Madison (1995)

La novela de Los puentes de madison la escribió Robert James Waller en 1992. Fue un rotundo éxito de ventas. Casi diez millones de copias vendidas en los primeros años, más de 60 millones en la actualidad. Con tales resultados, era lógico que alguien quisiese transformarla en película. Aquí aparece en escena Steven Spielberg para rodar y producir la obra. Ficha para la tarea a Clint Eastwood, que venía de dirigir e interpretar dos obras maestras como son Sin perdón y Un mundo perfecto y vio adecuado el ponerse al mando de otro de los grandes del cine para la ocasión.

Steven Spielberg, cuando todo estaba en marcha y apunto, se baja del carro. Agotado tras rodar la mastodóntica La lista de Schlinder, deja el proyecto al director australiano Bruce Beresford, el cual venía de triunfar con el amable drama Paseando a Miss Daisy. Este quiere de compañera de reparto de Clint a Isabella Rosellini. Eastwood se niega. Él tiene margen de decisión en el reparto, más si cabe tratándose del personaje de Francesca, el cual compartiría prácticamente todo el metraje junto a él. El proyecto comienza a tambalearse y Beresford también abandona. No hay director ni protagonista femenina. Le dicen a Clint que se piense el dirigirla. Este pide 24 horas para pensarlo.

Clint Eastwood acepta, pero con condiciones. Elige un tratamiento del guion diferente al originalmente pensado. La novela original le resulta demasiado empalagosa. Decide que la voz principal, la que cuanta la historia, sea la femenina, la de Francesca (en la novela era Robert). Se incorpora también la figura de los hijos, los cuales conocen, al fallecer su madre, el romance que esta tuvo con un fornido fotógrafo hacía treinta años. Con esta decisión generaba muchas más aristas al relato, pues estos ponen en cuestión sus propias relaciones al conocer, por fin, la verdadera historia de su madre.

Clint, para el papel femenino, solo tenía a una persona en su mente. Francesca debía de ser “la mejor actriz de la historia”, como había dicho John Cazale. Cogió el teléfono y la llamó personalmente. Ella, al descolgar, conoció de inmediato la inconfundible voz de uno de los grandes de Hollywood. Meril Streep dijo que sí, claro.

La película comienza en la casa familiar. Los hijos de Francesca están aturdidos al conocer la infidelidad revelada de su madre. Ella había vivido y muerto al lado de su padre, aun estando enamorada profundamente del amor de su vida, Robert, fotógrafo de National Geographic. Ella lo conoció a mediados de los sesenta, cuando pasados los 40 años, madura, tuvo un “affaire” de 4 días que marcó su corazón y, al fin y al cabo, su vida. Un romance sin fisuras, sin reproches, sin monotonía, pues no pudieron darle el margen temporal que necesitaba para todo ello.

Francesca, a pesar de haber conocido el gran amor de su vida, decidió hacer lo que creía correcto. Para sus hijos, para su marido. En una carta póstuma, les dice a sus hijos: “al final de la vida se van los temores que una llevaba y lo más importante pasa a ser que te conozcan, que quienes me querían sepan quien fui realmente en este breve paso por la vida”.

De repente, nos encontramos a mediados de los 60 y la película nos muestra cómo fue aquella unión entre dos almas que conectaron desde un primer momento. Francesca es ama de casa. Tan tosca como sensual. Vive un tanto aburrida en su pueblito del centro de Estados Unidos. Sus sueños no se han cumplido, pues ha vivido los sueños de su marido (tan típico de otras épocas). Ella es como nuestra madre, pero la que nunca quisimos ver como hijos. La que tenía una vida aparte de cuidarnos y querernos. Con su pasión, con su sexualidad, madura y todavía muy presente. Llega Robert (Clint Eastwood). Está de paso por la zona. Se entienden solo con mirarse. Clint Eastwood le dijo a Meril Streep, al comienzo de la grabación, que quería mucha espontaneidad en las escenas. Esto se percibe todo el metraje. Los dos, durante el mes que duró el rodaje, buscaron respuestas a lo que es el amor para poder contarlo con honestidad. Lo lograron. Nosotros también nos enamoramos junto a ellos.

A mí que me gusta escribir desde las emociones, cuando veo Los puentes de Madison (prácticamente cada año), siempre me derrumbo. Clint, es más humano que cualquier humano. Meril Streep se come la pantalla (y nuestros corazones) a bocados. Nos destrozan con todo su amor con una relación que todos deseamos que hubiese ido más allá. Se lo merecían. Aun así, los comprendemos.

Los puentes de Madison es una película de parajes y de detalles. Las conversaciones de los dos protagonistas se dan o en sencillos pero curiosos puentes o en la casa de Francesca, sin marido e hijos por cuatro días. La apabullante primavera también se encuentra presente. “En mi casa no hay nada prohibido” decía Sabina en “Peor para el sol”. En la casa de Francesca, en esos cuatro días, tampoco. Pero ellos, al contrario que la canción, aunque estuviese prohibido, se enamoran. “Si no quieres que siga, dímelo ahora”, le dice Robert, mientras bailas, antes de que todo vaya a más. “Nadie te está diciendo que no sigas”, responde ella antes de besarlo por primera vez.  Y los detalles… Cómo se tratan Robert y Francesca. El respeto, la madurez, la empatía. Amor adulto.

Y los detalles, son tantos los detalles… Esa mujer, después de conocerlo, en el porche de casa, en la noche, abre su bata para que el viento la acompañe y la alivie de tanta presión comprimida. Arde más que de emoción. O, tras una noche de pasión, hablando ella por teléfono con una vecina, de lo mundano e intrascendente, observa como Robert desayuna en su cocina familiar. Ella le toca con dulzura los hombros. Luego le coloca el cuello de la camisa. Sin palabras, le dice: “escucha, estoy aquí, contigo”. Magistral.

Robert no quiere necesitarla porque no puede tenerla.

Al final, ya con el marido e hijos de regreso, Clint Eastwood nos rompe, de nuevo, el corazón. No importa la de veces que la haya visto, les deseas lo mejor, necesitas que los se unan, que acaben juntos. Se lo merecen. Él está en la calle, bajo la lluvia. Es la última vez que se van a ver si ella no lo remedia. Pero no puede, ella permanece sentada en el asiento de copiloto del coche de su marido. Se miran unos interminables segundos, con Robert empapado bajo la tormenta. En el ambiente hay pregunta, pero no puede haber ninguna respuesta.

Se regalan, eso sí, una sonrisa cómplice. Qué suerte haber amado, aunque fuese por cuatro días. Mentira, no importa, será para siempre. Han vivido algo tan especial, tan puro, tan adorable, que los ha marcado para toda la eternidad. No han podido compartir la vida, pero se han regalado la muerte. Las cenizas de ambos se acaban esparciendo en uno de los puentes de Madison; en el suyo, donde aprendieron a amarse.

Yo, hablando casi como el amigo Clint, afirmo que pocas películas se presentan a uno en la vida de manera tan certera.